El caso Fujimori, padre e hija, ante el destino del Perú, por Federico Prieto Celi

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El caso Fujimori -padre e hija, porque están unidos- nos revela la interrelación entre el Derecho y la Política, ambos conceptos con mayúscula. Derecho y Política son fundamentales para el desarrollo de la república. En el Perú se cumple el clásico principio: ‘la corrupción de lo óptimo es pésima’ (corruptio optimi pesima) porque si la Política no funciona dentro del Derecho, entonces la Sociedad pasa de un estado de derecho a una situación de hecho.

El derecho natural es anterior a la política como el derecho positivo es producto de la política, en un estado de derecho. Cuando el derecho positivo desconoce o contradice al derecho natural, entonces pasamos a una situación de hecho. Eso es lo que nos ha ocurrido. Por eso el desprestigio del Derecho y de la Política van juntos.

El empresariado requiere de la vigencia del Derecho y de la Política para hacer negocios. Si el derecho natural y el derecho positivo chocan, entonces la política no funciona bien y, en consecuencia, entorpece el libre mercado, los negocios sólidos, y las ganancias netas. Por eso el Perú baja cada año su índice de crecimiento, producto de la Constitución vigente (1993).

Quien debe velar por la coherencia del Derecho, natural y positivo, escritos en la carta magna, es el Tribunal Constitucional. El sentido común y la epiqueya, la sindéresis y el buen criterio, son fundamentales para el ejercicio de los magistrados, particularmente en el Tribunal Constitucional. Ellos no pueden eximirse de entender el peso real de la Política en sus sentencias jurídicas, entendidas dentro del bien común general.

El Perú -enfermo- se debate entre un Derecho y una Política corrompidas por la pérdida de valores religiosos y morales. Este país que no encuentra una definición para sentenciar cuáles ciudadanos están éticamente sanos cuáles no, se ha adentrado en una campaña interminable contra la corrupción que no encuentra una salida digna y pronta.

Diciéndolo con esa fórmula estadounidense de definiciones negativas, que en verdad no pueden ser definiciones, somos no inocentes y no culpables, mientras no se demuestre lo contrario. Eso me recuerda lo que menciona Alan García en sus Metamemorias, cuando apunta que en el ejército patriota de Ayacucho solo el 20% eran peruanos y en el ejército realista lo eran 80%. En otras palabras, luchaban porque los habían levado (la leva es ‘el reclutamiento de gente para un servicio, generalmente el del servicio militar, y en especial el que se hacía de malhechores y vagabundos para nutrir las filas del ejército en la guerra’), porque respondían a vínculos familiares, o porque sus ideologías los habían atrapado, independientemente de la suerte de las victoria o la derrota en el campo de batalla.

En situaciones críticas del Derecho y de la Política, la historia demuestra que la salida está en una ruptura integral, lo que técnicamente se llama revolución (francesa, rusa, mexicana….). A nosotros no nos conviene una revolución. La hemos tenido ya, militar, socialista, demagógica, y nos dejó una herencia negativa. Otra salida digna es un presidente con liderazgo natural carismático y autoridad firme y decidida. Martín Vizcarra no lo es, porque evita la transparencia, funciona dentro del misterio, siempre sospechoso para la ciudadanía.

Y mientras tanto, la fecha del 26 de enero de 2000 se acerca, sin que vislumbremos el posible resultado de las urnas. Es una prueba para lo que serán después las elecciones generales y un ensayo para ver quién puede ser el presidente de la República que tengamos el 28 de julio de 2021, en el bicentenario de la república.

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