El Congreso, un club que paga a sus socios, por Federico Prieto Celi

242

Decía con sorna Enrique Chirinos Soto, que fue representante en varios periodos de su vida profesional, que «el Congreso es el único club que paga a sus integrantes por ser socios». Quizá esta frase irónica de un viejo parlamentario da suficientes luces sobre el descamino del Parlamento peruano, que de ser una asamblea de representantes del pueblo ha devenido en un lugar para vivir bien ganando mucho, después de haber hecho cabriolas para ingresar a como dé lugar.

Mi abuelo Matías Prieto Cubillas, médico, cuando fue diputado por Paita –después de atender una cuarentena por peste bubónica en el primer puerto de Piura–, no dejó de ver enfermos en Lima hasta las cinco de la tarde, hora en la que comenzaban las sesiones. Vivía de su trabajo; lo otro era un deber patriótico, aunque le dieran un sueldo simbólico en recompensa.

El Parlamento nació para controlar los gastos del rey y ponerles límite. Parlamentarios eran los mejores ciudadanos, enviados al Congreso con ese fin. La historia del Parlamento peruano registra las llamadas «iniciativas parlamentarias» a favor de los poblados representados por diputados y senadores. Esa costumbre, antihistórica, fue derogada. El dinero público es una responsabilidad del Parlamento, sin duda, no para expandirlo sino para cuidar que lo poco que se tiene se invierta lo mejor posible. Estudiar el proyecto de presupuesto que envía el poder ejecutivo es, por tanto, labor principal del Parlamento.

Cuando Arturo Salazar era diputado fue nombrado integrante de la Comisión de Presupuesto. Le entregaron unos extensos documentos, llenos de cifras, imposibles de comprender y descifrar en los días disponibles para ello. Decidió estudiar el problema y proponer una solución. Trabajó un año y, con Rafael Rey, y el asesoramiento económico de Alberto Rey Rojas, presentó al Congreso un proyecto de ley que proponía adoptar un presupuesto orientado al cumplimiento de una finalidad específica: «La erradicación en el mediano plazo de la pobreza extrema en el Perú».

Este proyecto proponía utilizar el gasto público para aumentar sustancialmente los recursos del presupuesto a «cautelar la salud y promover la extensión y calidad de la educación». Proponía la creación en el Congreso de una oficina especializada en presupuesto, que ofrezca información técnica propia y suficiente para juzgar el anteproyecto que se le remite y, también información para adoptar los procedimientos y técnicas de sus propuestas y proyecciones, al igual que en el Congreso de los Estados Unidos. Era un documento bien elaborado que, como tantas veces, no mereció la atención de los padres de la patria, ocupados en dimes y diretes de la coyuntura partidaria.

Además de la virtud de hacer más responsable el tratamiento del Congreso del proyecto de ley enviado cada año por el Poder Ejecutivo y elaborado por el Ministerio de Economía y Finanzas, aportaba un cambio de mentalidad en el Estado, en el que tanto el Poder Ejecutivo como el Poder Legislativo compartirían a la par la responsabilidad del manejo presupuestal, rompiendo el desequilibrio existente, que da en la práctica mayor responsabilidad al Ministerio de Economía y Finanzas, con detrimento de la responsabilidad parlamentaria, que es el origen de su existencia.

Lo escribí en mi libro “Así se hizo el Perú”, que ya va por la tercera edición. Vale ahora que se inicia el proceso de elaboración del Presupuesto General de la República de 2021.

Lucidez.pe no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.