[OPINIÓN] El costo hundido no cuenta

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Yo tengo una teoría: creo firmemente que el destino no existe. Definitivamente no es una teoría muy revolucionaria, estoy segura, pero últimamente le he dado muchas vueltas y cada vez me convenzo más de que estoy en lo cierto. Yo creo que el destino, finalmente, no es más que un sistema de decisiones consecutivas, interdependientes que finalmente se cruzan con las decisiones de otros y crean las populares “coincidencias”. Nada más. Todos los días, todo el día, tomamos infinitas decisiones. Micro-decisiones. Éstas, finalmente, tendrán un impacto grande o no en el desenlace de nuestro día, mes, o de nuestras vidas. O más aún, en la vida de los que nos rodean.

Hace no mucho, hice el ejercicio de pensar en los “elementos” que valoro más en mi vida (sean personas importantes para mí, proyectos, trabajos, pasiones) y si rastreo todos ellos al punto en que tomé alguna decisión determinante en crear la oportunidad que les dio origen, ciertamente varias de estas decisiones parecen ser disyuntivas insignificantes. Tomar o no tomar una clase en la universidad (o en la primaria), salir o no salir un determinado fin de semana, tomar un avión en una determinada fecha y horario. Procesar entonces que las oportunidades que se me presentan en la vida, de alguna manera dependen de crear las circunstancias adecuadas por mí misma es algo abrumador, sobretodo cuando caigo en cuenta que muchas veces no soy consciente de ello. Sin embargo, lo que sí creo es que siendo consciente del potencial impacto de mis decisiones, tal vez puedo intentar reconocerlas cuando se presenten, y tomarlas con especial cuidado.

Conforme voy avanzando en el programa de la maestría, me siento cada vez más con un mayor control sobre mi tiempo, mis decisiones y por consiguiente, mi vida. Creo que antes se me hacía muy fácil seguir un poco por inercia de acuerdo a “lo aceptable”, “lo que está bien”. Cuántas veces uno sigue haciendo lo mismo, acepta diferentes realidades o decide sobre cosas simplemente porque nunca se ha preguntado si existe la posibilidad de hacer algo distinto. “Es lo que toca”, piensa uno a veces. Y acá creo que, a diferencia de las decisiones inconscientes que comentaba en un inicio, tenemos muchísimo control.

Conversando hace una semana con un amigo sobre este tema, caí en la cuenta que no sólo la vida es una sucesión de decisiones, sino que muy bien podría afirmar que todas estas decisiones son, de alguna manera, decisiones de inversión. Donde el activo más valioso que tiene el ser humano es su tiempo y su energía… finalmente, su trabajo; sea trabajo en el sentido estricto de la palabra, o trabajo por cultivar una amistad, una relación, una pasión por algo. Pasa entonces que muchas veces derrochamos tiempo y energía en “proyectos” que si fueran evaluados con el rigor con el que cuidamos el dinero, no calificarían para merecer una “reinversión” de capital. ¿Y por qué lo hacemos? Porque así como en todo proyecto, muchas veces cargamos con un gran “costo hundido”: horas, meses, años de nuestra vida dedicados hacia una causa en particular, que pesan mucho cuando uno enfrenta un potencial cambio. Es muy fácil optar por la inercia, por el menor riesgo.

Por otro lado, si bien es difícil reconocer una decisión crítica cuando viene camuflada de “casualidad”, una vez que has encontrado algo que es valioso para ti, no hay a quién echarle la responsabilidad de tomar un rol activo en mantenerlo. Sobretodo cuando uno está lejos. Ya no mantiene uno sus amistades de siempre por inercia, porque sale con ellos los fines de semana porque es la costumbre. Ya no mantiene uno la relación con su familia sólo porque vive con ellos. Ya no sigue uno con la carrera que empezó porque se está muy cómodo ahí.

Desprenderme de todo me ha llevado a tener mucho más claras mis prioridades y me ha hecho tomar consciencia sobre lo importante que es que yo tome decisiones conscientes para dedicar mi tiempo a las personas y proyectos que me importan. No tener nada al alcance me ha ayudado a identificar dónde es que quiero hacer un esfuerzo por mantener o conseguir diferentes metas, ya que uno no puede perseguirlas todas. No siempre lo hago bien, estoy aprendiendo. Porque finalmente, como en toda decisión de inversión (o de no seguir invirtiendo), los flujos de caja son a futuro y realmente no importa cuánto se haya gastado ya. Finalmente, el popular “costo hundido”, ese que se lleva tan bien con la inercia y que nos ayuda a justificar el status quo, nunca entra en la ecuación.