El cua cua que nunca hizo “cuac”, por Alfredo Gildemeister

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Hace unos años, un viejo compañero de colegio que vivía en Méjico me envió como regalo de cumpleaños, una extraña piedra negra, redonda, muy bien pulida, hermosa, de buen tamaño. Vino encerrada en una caja y pensé: “Que bonito pisapapeles para mi escritorio. Debe tratarse de esas piedras típicas mejicanas con las que hacen esculturas y cosas por el estilo”. La piedra la tuve varios años encima de mi escritorio. A los cinco años de ello, mi amigo vino al Perú y me visitó. Cuando vio la piedra en mi escritorio encima de una ruma de papeles se horrorizó. Se levantó de su silla y me dijo: “¡Como puedes haber puesto el finísimo chocolate que te envié en tu escritorio! ¿Aún no te lo has tomado?” Por supuesto que mi cara de asombro no tuvo límites: “¿Chocolate? ¿Finísimo? Pensé que era una piedra de adorno y la utilizo como pisapapeles” le respondí. Riéndose mi amigo me dijo: “Te envié el chocolate concentrado más fino que encontré. Partes un pedazo, lo pones en la olla, y cuando se derrite te queda un delicioso chocolate puro”.  En ese mismo momento, me llevé la piedra a la cocina y efectivamente preparamos un delicioso chocolate ¡puro cacao!

La semana pasada volvió a los medios nuevamente el tema de la publicidad engañosa pero esta vez con relación a las golosinas, a raíz del chocolate “Sublime” que, al parecer, no era chocolate. Recordé a mi extraña piedra negra que tuve tanto tiempo de pisapapeles y que en realidad era chocolate puro. Todo ello me hizo retrotraerme a mi niñez y en la ilusión que en todo niño le generan las golosinas. Aún recuerdo cuando mi abuelo Rafael nos llevaba a una conocida bodega en Miraflores, y literalmente arrasábamos mis hermanos y yo con cuanta golosina había. Nos compraba lo que deseábamos sin ningún miramiento. De esa manera salía de la bodega con los bolsillos cargados de golosinas y envuelto en el pecho con una tira de caramelos que vendían efectivamente, por tiras o metros. El posterior empacho estaba asegurado.

Sin embargo, si nos atenemos a lo que está sucediendo hoy, en donde nos enteramos después de años, por no decir de décadas, que las golosinas que consumíamos no era lo que decían que eran, tenemos como resultado que fuimos engañados desde pequeños. De esta manera, dentro de la mentalidad de un niño, la decepción es grande pues hoy ya adultos nos enteramos que el chocolate “Tío Johnny” que comprábamos de niños, no era elaborado por el Tío Johnny ni el “Doña Pepa” era cocinado por una Sra. Pepa; el “Triangulo” en realidad era cuadrado; los chocolates Princesa, no los elaboraba ninguna princesa ni nadie que se le pareciera; el chocolate “Ali baba” no venía de Arabia ni el “Sorrento” de Italia. Lo peor de todo, el maravilloso chocolate “Sublime”, en realidad no era chocolate, ¡Oh tragedia! Entonces ¿Qué diablos hemos estado comiendo desde niños?

Veamos algunas grandes tragedias y engaños que han quedado al descubierto hoy. De arranque, el “Cua Cua”, una de las golosinas más antiguas y típicas de nuestra niñez, resulta que no era de pato, sino sabe Dios de qué sustancia, y que conste que, en la envoltura hasta el día de hoy, aparece un alegre pato con anteojos de sol; las “Lentejas” o lentejitas que uno llevaba al cine alegremente y comía mientras veía una película, resulta que no eran lentejas ni menestra que se le parezca; la “cancha” que comíamos en el cine tampoco eran de palomitas ni de maíz; los “Beso de Moza” que devorábamos, resulta que no eran ni beso ni de Moza que se le parezca. Si nos vamos al rubro de las galletas, tenemos que las galletas “Margarita”, tampoco las preparaba la Sra. Margarita ni las galletas “Chaplin” fueron horneadas por el famoso genio del cine. Sólo faltaría que las galletas de animalitos no tuvieran en realidad forma de animalitos sino de algún monstruo del averno o seres mal formados de la mitología antigua, por no mencionar las galletas “María” o “Victoria”, no eran cocinadas por estas señoras tal como me contaron, y las famosas galletitas con sabor a jamón, de jamón no tenían nada. ¿Hasta dónde vamos a llegar? ¡Todo es un fiasco!

Resulta pues que cuando de niño comíamos lo que comíamos, en realidad no era lo que comíamos. Entonces ¿Qué diablos comíamos? Esas navidades en donde mi madre preparaba el clásico chocolate “Cusco”, ahora resulta que no era chocolate ni venía del Cusco, sino era alguna pasta con algo de cacao con un lejano gusto a chocolate y no venía del Cusco, sino que, en el mejor de los casos, del Jirón Cusco en el centro de Lima. Si a eso le agregamos los helados, resulta que el “Buen Humor” no solo te pone hoy de mal humor, sino que ni siquiera es chocolate o el Frio Rico no tiene nada de frio ni de rico. ¿Cuánto de chicha morada tienen los caramelos y chupetes de ese sabor? Si pasamos a las leches chocolatadas y jugos, resulta que nada es lo que parece puesto que están compuestos por conservantes, saborizantes y colorantes con algo o casi nada de fruta o cacao, con lo cual tenemos que reconocer que nos alimentamos de químicos y poco o nada de alimentos naturales.

En resumidas cuentas, las golosinas de nuestra niñez fueron un fiasco y hasta el día de hoy nos seguimos alimentando o engolosinando con químicos, conservantes y aditivos de toda clase, sin darnos cuenta de los efectos nocivos de esas sustancias que nos -dizquen- endulzan la vida. Podemos concluir pues entonces que el “Sublime” nunca fue sublime y las “Picaras” no tuvieron nada de pícaras, sino que eran unas monsas, lo cual se resume que en realidad, el “Cua Cua” nunca hizo “cuac”, razón fundamental por lo que los que alguna vez fuimos niños, nos sentimos hoy terriblemente decepcionados.

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