‘El Cuco’, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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“Come tu comida, hijito”, me decía mi mamá, “sino te va a venir a buscar ‘El Cuco’”. Ante la amenaza, y la anunciada posibilidad de ser atacado por este ente del que no sabía nada, yo no tardaba en devorarme lo que quedaba en el plato. No comprendía quién o qué era este personaje pero, según lo que me decían, se mostraba interesado en someter a los niños malcriados a un ajusticiamiento draconiano: si te portas mal, te come. Y es que la carta de El Cuco podía aplicarse para distintas circunstancias ¿No quieres dormir a tu hora? Va a venir el Cuco ¿Dijiste una lisura? Va a venir El Cuco. Era una especie de terrorismo, aunque más benigno.

Y la ambigüedad sobre la verdadera naturaleza de El Cuco era clave para su propósito. Un ‘joker’ en la manga maternal que puede adaptarse, sin mucho problema, a cualquier tesitura. Podía no existir, podía no ser tan malévolo como se sugería pero, más vale prevenir que lamentar ¿no?

Y en el discurso de muchos líderes políticos este tipo de elementos es fundamental cuando se procura obtener una reacción de parte del público o cuando se trata de atribuirle una consecuencia ficticia a una conducta que les incomoda. Así, cuando se trata de asuntos ‘delicados’ como el matrimonio homosexual o la simple existencia de personas de la comunidad LGTB, los conservadores y los representantes del clero apelan a sus propios ‘cucos’, términos o conceptos cuyo significado y existencia es ambiguo pero que, colocados estratégicamente en una situación o en el vernáculo intolerante, buscan hacer temblar a los incautos.

Hay muchos ejemplos de estos cucos (la ‘agenda gay’, el ‘lobby gay’, etc.), pero recientemente, por la homilía dada por nuestro Cardenal en el Te Deum por Fiestas Patrias, ha saltado a nuestra atención la llamada ‘ideología de género’.

Bajo este concepto se busca abarcar todo lo relativo a la lucha por los derechos de la comunidad LGTB y, también, la de los derechos de la mujer, dándola a entender como esta doctrina que busca destruir la concepción natural de hombre y mujer para sustituirla por una de talante antojadizo que quiere, entre otras cosas, un absoluto libertinaje, donde uno puede “escoger” ser lo que quiere ser, independientemente de cómo nació o de cómo las normas sociales lo colocan.

Y es que, en lo que respecta a los derechos de la comunidad LGTB, quienes se afilian a esta prédica lo ven así, como si todo se tratara de un asunto de agencia individual y no de algo que parte de una estructura genética con la que se nace como, en efecto, la comunidad científica ha sabido probar –y claro, no hablo de esos estudios espurios de instituciones no certificadas que ya desde sus estatutos se oponen a las uniones entre personas del mismo sexo, por ejemplo–. Un transexual, queda clarísimo, no busca someterse a una operación de cambio de sexo porque ‘quiere’, lo hace porque necesita obtener coherencia entre cómo luce y cómo se siente.

El propósito de las tantísimas manifestaciones de individuos de la comunidad LGTB no son el resultado de una obediencia a una ‘ideología de género’, son, más bien, el resultado de la urgencia de ejercer a cabalidad su libertad y de poder, en consecuencia, buscar su felicidad.

Esta urgencia, en lo que respecta a la sociedad, no pretende depredar las llamadas instituciones naturales, como tan apocalípticamente sugieren algunos,  pretende, más bien, corresponder a la evolución de estas que en la realidad ya se nota. Existen gays, lesbianas, transexuales, bisexuales y, al mismo tiempo, familias constituidas por estas personas. Lo que no existe, sin embargo, es la capacidad de entender que esto no es el resultado de una doctrina maligna que busca destruir el mundo (y, en nuestro país, el reconocimiento legal pertinente).

La llamada ‘ideología de género’ es un excelente ejemplo de la falacia del hombre de paja. La amenaza sobre los peligros de esta no son más que un cuco. Un recurso que busca, por medio del miedo y la ambigüedad, desincentivar ciertas conductas o, lo que es más lamentable, la tolerancia a aquellos que, por ser diferentes, la merecen.

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