El desgaste compartido por las interpelaciones, por Federico Prieto Celi

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Este comentario se escribe el domingo seis de septiembre, a la vista de la presentación de la ministra de Economía y Finanzas del viernes cuatro. El lenguaje técnico, político y académico de las respuestas está por encima del entendimiento del promedio de los 130 congresistas, a la luz de la forma y fondo de las preguntas, muchas de las cuales están ya respondidas en las informaciones diarias de los medios. 

Como educadamente dijo la ministra, muchas preguntas repetían el mismo contenido, por lo que ella tenía que aclarar que, al responder una, respondería también la otra. Al inicio aclaró que ya había acudido a nueve comisiones del Congreso, donde seguramente había explicado lo mismo que tenía que explicar el viernes al pleno. El lunes siete, cuando este comentario ya esté en Lucidez, la ministra volverá al Congreso. Luego vendrá la decisión de la mayoría de congresistas. 

¿Por qué hacerle perder tanto tiempo a un ministro de estado, simplemente porque la izquierda quiere obstruir a una persona responsable? Poniendo lo mejor de sí, para halagar a los parlamentarios, Alva terminó su larga intervención diciendo: “Estas preguntas dan cuenta lo difícil que es este momento en la historia de la República y lo complejo que es tomar decisiones en medio de una pandemia que no termina y que no sabemos cuándo va a terminar”.

Tanto más que la estrategia de los tres sucesivos ministros de Salud no siempre ha sido la ideal, que los protocolos de la OMS están siendo muy discutidos en todas partes,  y de que la población nuestra no tiene los hábitos de disciplina de Alemania o Suiza ni las viviendas adecuadas y modernas de esos dos países.

Las interpelaciones ministeriales por el Congreso desgastan a los dos poderes del estado -legislativo y ejecutivo- de tal manera que en el siglo XX produjeron golpes militares. Un parlamento recién nacido y próximo a morir, y un gobierno agotado por una lucha contra el COVID-19, que además se demuestra

, debían llevar a los dirigentes políticos a calmar las aguas en vez de organizar tempestades artificiales.

El Congreso se prestigia emanando buenas leyes. Pocas pero buenas. En cambio, proponer muchas leyes populistas y demagógicas, que no van a ninguna parte, es el camino inevitable del desprestigio. Una vez desprestigiado, intentar ganar imagen interpelando a los ministros es una soberana tontería.

 Todos sabemos que los ministros dictan la ruta de su sector pero son los funcionarios, empleados y demás servidores del estado los que ejecutan bien, regular o mal las directrices recibidas. El ministro suele asumir la responsabilidad política de los grandes errores, pero no puede ponerse en el pellejo de cada trabajador de su ministerio.

Si la interpelación acaba en voto de censura, entonces el desprestigio es mayor. La caída del parlamento y el gobierno puede ser más rápida. Bien que estamos en un trayecto final donde constitucionalmente no hay más remedio que seguir adelante, pero siempre cabe la renuncia del presidente por desesperación o el cierre fáctico del Congreso, como ya tenemos un precedente. ¡Cuidado con jugar con fuego!

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