El día después de mañana

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“La costa este se prepara para “histórica” tormenta de nieve este lunes”, decía un titular en las noticias el domingo pasado. Sí, ha hecho bastante frío desde que volví de China, pero no me imaginaba que fuera para tanto. Boston me recibió con un río Charles congelado, bastante ventoso y con, a ojo de buen cubero, unas tres pulgadas de nieve en el piso (porque acá todo lo miden con las extremidades… serían casi 8 cm). Nada que caminar como marchando no pueda soportar. Empecé a sentirme bastante orgullosa del hecho de que ya no necesito ponerme chompa y sweater debajo de la casaca de plumas para salir a la calle a -10º C. Ahora con sólo una chompa debajo de la casaca estoy bien. Es más, la semana pasada, tratando de empezar el año cumpliendo con mi resolución de llevar una vida más saludable, salí a hacer deporte dejando 5 cm. de piel entre la malla y mis medias (claramente, no a propósito, sino porque no tengo mallas más largas) y no se me cayó la pantorrilla a pedazos. “Debo ser ya casi un esquimal”, pensaba.

El resto de la semana estuvo frío, pero manejable, y de pronto hace un par de días comienzo a escuchar amenazas que sonaban más a un apocalipsis que a una tormenta. Entre otras cosas, decían que la tormenta que empezó ayer lunes en la noche sería la peor de la historia de Boston (y de New York y Filadelfia, nuestras vecinas afectadas, también), que llegaría hasta 60 centímetros de nieve y que habría peligro de que te caiga algún letrero o la rama de un árbol en la cabeza (claro está, si osas salir de tu casa a sabiendas de que el fin del mundo se acerca). Palabras como “petrificante” o “mortal” abundaban en todos los medios de comunicación.

Aún recuerdo que, cuando veía series de televisión de los Estados Unidos, siempre había un día en que el protagonista no tenía que ir al colegio/universidad/trabajo porque había nevado. Dada mi realidad limeña donde con las justas garúa y la temperatura mínima está alrededor de los 10ºC, siempre creí que los gringos tendrían que ser bien engreídos para faltar tanto al colegio. Ayer fue el primer día de clases del semestre y anunciaron que hoy no habría clases, dada la gravedad de la tormenta en cuestión (“Juno”, para los amigos). Cuenta la leyenda que la última vez que cancelaron clases en Harvard fue en 1978 y que cuando el clima se pone pesado, la dirección “aconseja” al personal docente que se quede a dormir en el campus (¿?) para evitar cancelar las clases. Para el medio día, las aerolíneas habían cancelado más de 3000 vuelos, Massachusetts se había declarado en estado de emergencia y se decretó que ningún auto podría circular en las calles durante la tormenta. Esto sonaba a algo más serio que simplemente un montón de nieve.

Salí de clases y coincidentemente resulta que se me había acabado la comida que me quedaba en el refrigerador durante el fin de semana, así que decidí ir de compras al supermercado. Resulta también que ante los pronósticos fatídicos de los últimos días, todo Cambridge había decidido ir de compras. El supermercado, la farmacia y demás tiendas de primera necesidad estaban llenos de gente. No tengo memoria suficiente para acordarme de la escasez del primer gobierno de Alan García, pero según lo que me cuenta mi mamá, debe haber sido muy parecido a la tarde de ayer en el supermercado de la esquina. No pude comprar lechugas ni cebollas porque todas se habían terminado (y no es que las lechugas y las cebollas sean tan populares). Se acabó también el pan, por lo que me vi obligada a comprar unos quequitos ingleses en su reemplazo. Eso sí, logré llevarme el último tarro de leche de la tienda.

La encerrona continuará por lo menos un día más. Ahora que entiendo eso de cancelar las clases por mal clima, creo que me están empezando a gustar las tormentas de nieve. Solo espero que la Estatua de la Libertad no termine con la nieve hasta la cintura, ya que tenía planes de pasar el fin de semana en Nueva York. A esperar nomás.