El dilema del transfugismo, por Federico Prieto

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Tránsfuga, dice el diccionario, es la persona que pasa de una ideología o colectividad a otra; la persona que con un cargo público no abandona éste al separarse del partido que lo presentó como candidato; o el militar que cambia de bando en tiempo de conflicto.

El transfuguismo político se dio en España, en el paso de la monarquía a la segunda república, cuando Miguel Maura Gamazo, «persona de escaso relieve político y social» le dijo al rey Alfonso XIII: «Vengo, Señor, a despedirme de vuestra majestad». Y, «¿a dónde te vas?», contestó el monarca. «Al bando republicano».   Siguió el mismo camino José Sánchez Guerra y otros monárquicos, que se hicieron igualmente republicanos.

Se asentó el término de tránsfuga en el uso político y, en esa acepción, la incorporó el diccionario. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión y de bando. Históricamente, es un hecho recurrente. Políticamente, es casi una necesidad, en muchísimos casos. Jurídicamente, es lícito; no es delito. Éticamente, depende del móvil: si lo hace por convicción, está bien; si lo hace como traición, está mal.

Los representantes al Congreso en el Perú son elegidos en una lista, pero lo son a título personal. Nadie está obligado a pertenecer contra su voluntad a una agrupación a la que ya no se siente vinculado ideológica o afectivamente. Tiene derecho a migrar a otra.

La mayor parte de los políticos peruanos -en las últimas décadas- han dejado su lugar de origen político por  otro. Otra cosa es la aceptación de una coima para votar en contra de su conciencia o de su partido, el transfuguismo por dinero e interés, traicionando sus ideales, cosa que merece enérgica condena.

El 14 de setiembre se desató un gran escándalo político, cuando Fernando Olivera y Luis Iberico, dirigentes del Frente Independiente Moralizador, difundieron en una conferencia de prensa, en el Hotel Bolívar de Lima, un vídeo en el que se veía a Alberto Kouri Bumachar, congresista que se había adherido al bloque fujimorista estando ya en el Congreso,  recibiendo dinero del asesor  presidencial Vladimiro Montesinos.

Hasta aquí los antecedentes. Ahora se habla de un reacomodo de los 130 nuevos congresistas. Por lo pronto, Luz Salgado, gracias a la conformación de la mesa directiva, negociando con Alianza para el progreso y con el Apra, ha sido elegida por 87 votos. Ha pasado de mayoría simple a cualificada. Aquí no hay transfuguismo, sino acuerdo entre tres grupos políticos.

Atraer a algunos de los 73 congresistas elegidos por el Frente Popular, ya sea partidarios o no de esa agrupación, para que se trasladen al grupo de Peruanos por el Kambio sería una tarea difícil pero no imposible. De eso se habla en estos días. Difícil porque este tipo de transfuguismo se ha desprestigiado en el país, pero no imposible, porque se legitimaría en la medida que la mayoría parlamentaria se mostrara intransigente.

Hay dos maneras de gobernar, que se presentan como dilema al presidente Kuczynski, frente al horizonte parlamentario: actuar como estadista que busca un noble acuerdo político; o actuar como manipulador político, alentando el transfuguismo. Mucho depende de lo que quiera el presidente, que maneja el carro del gobierno. Y mucho también de Keiko Fujimori, hasta ahora retraída por el golpe recibido, que tiene el mismo dilema: actuar como estadista o como manipuladora.

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