El dogma de la democracia interna, por Ernesto Álvarez Miranda

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La principal función que tienen las agrupaciones políticas, ya sean permanentes como los partidos políticos o temporales como los movimientos personalistas, es la de ofrecer candidatos a los electores. El ciudadano de a pie no tiene ninguna posibilidad de elegir a la persona que admira en su trabajo, solo puede depositar su voto por uno de los candidatos propuestos por una agrupación política. Así, la democracia se sustenta en la calidad de esas propuestas.

La teoría de mediados del siglo XX ha puesto excesivo énfasis en la democracia interna. Mejorarla en la legislación es un dogma, una cuestión de fe. No puede existir ningún proyecto de reforma política sin que se recalque la necesidad de aumentar la democracia interna de las agrupaciones políticas, posiblemente porque se cree que los candidatos así seleccionados tienen mayores posibilidades de ser mejores gestores de intereses públicos o quizás de tener mejores calidades personales.

Recordemos el proceso electoral de 1980. El ganador, Fernando Belaúnde, era el líder indiscutido de Acción Popular y si hubo votación en el Congreso partidario debió haber sido simbólica. En cambio, en el rival, sí hubo un durísimo proceso interno, que provocó graves heridas y que luego de la derrota, provocó una división partidaria. Y lo más importante, la democracia interna no proclamó a quien hubiera sido mejor candidato, Andrés Townsend, sino al típico dirigente sacrificado, duro y mal comunicador, Armando Villanueva.

La realidad nos demuestra que en un partido político donde realmente se dispute la candidatura presidencial, no vencerá el mejor, el más preparado, el estadista, ni siquiera el más carismático y por lo tanto, más capacitado para ganar las elecciones, sino que ganará quien tenga el control del padrón de afiliados, el dominio de la maquinaria interna, de las denominadas bases del partido que usualmente responden a valores y necesidades distintas a las del elector independiente. Cuando se trate de un movimiento personalista temporal, un grupo social organizado en torno a su candidato natural, los escasos empadronados suelen ser amigos del líder, así, las elecciones internas son un procedimiento formal cuyo resultado es absolutamente predecible.

No existió democracia interna en Cambio 90 cuando propuso como candidato a presidente y a senador a Alberto Fujimori, el grupo era él y un puñado de colegas. La candidatura de Toledo no fue distinta, su agrupación solo existió para llevarlo a la presidencia. García, aún cuando está referido a un partido organizado y estable, fue su líder natural en 2006, el procedimiento fue también meramente formal. No podríamos decir algo diferente en los casos de los candidatos Humala y Kuczynski, ambos lideres de pequeños movimientos temporales, donde la totalidad de empadronados son absolutamente conscientes de la finalidad del grupo.

La experiencia peruana nos demuestra que los procesos abiertos y competitivos de selección de candidaturas, antes que fortalecer a las organizaciones en un momento previo a la campaña presidencial, provocan un notorio debilitamiento de la unidad partidaria, al punto que podríamos afirmar que, en realidad, el tener que realizar la democracia interna, constituye un síntoma de ausencia de un líder natural, una anomalía social y una notoria desventaja frente a las demás agrupaciones. Si la voluntad de la Constitución es fortalecer a los partidos políticos, deberíamos considerar la posibilidad de que la democracia interna no sea la mejor forma de seleccionar al mejor afiliado, capaz de ofrecer con éxito el programa político de la agrupación al electorado, sino que el método idóneo sea uno técnico y vinculado a las normas del marketing moderno, reservando la democracia interna a la elección de dirigentes.

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