El elefante en Talara, por Pablo Ferreyros

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Cuando los reyes de Siam, la antigua Tailandia, querían deshacerse diplomáticamente de un cortesano, le regalaban un elefante blanco. Al ser considerado sagrado, el animal era excesivamente costoso de mantener y prohibido de ser usado para el trabajo. Debido a su asociación con la realeza y la bendición divina, asimismo, renunciar él era imposible. Así, su destinatario terminaba tarde o temprano en la ruina económica.

Similar regalo, adaptado a nuestros tiempos, hizo el gobierno de Ollanta Humala a la gestión actual. También a las venideras y, a fin de cuentas, al Perú. La remodelación de la refinería de Talara, cuyo contrato se firmó el 2014, asciende hoy a 5’400 millones de dólares. Según cálculos del economista Ricardo Lago, el costo acorde a estándares internacionales debiera ser la tercera parte. El proyecto estaría sobrevaluado en 3´500 millones.

Juan Mendoza, también economista, señala que el negocio de la refinación tiene un exceso de capacidad instalada y viene contrayéndose a nivel mundial. La rentabilidad, así, sería negativa: nada menos que -71%.  A ello se suma que el petróleo a refinarse en Talara será importado: nuestra producción de este hidrocarburo el año pasado fue menor a la mitad de la capacidad de refinamiento de La Pampilla. La exploración en nuestro país, además, viene disminuyendo sostenidamente.

El problema de fondo es estructural.  Existen tres razones de peso por las que las empresas estatales tienden a funcionar mal.  La primera es que en muchos casos su constitución no responde la información que proporciona el mercado, sino a los designios de un grupo de burócratas. Este es uno de esos casos. Se está invirtiendo en un negocio en contracción y con condiciones adversas como las ya mencionadas. En el mejor de los casos, se debería a un apasionamiento ideológico. En escenarios menos optimistas, jugarían también intereses económicos de ciertos funcionarios.

La segunda razón es su grave problema de incentivos. Cuando una empresa privada genera pérdidas, el dinero para cubrirlas sale del bolsillo del propietario. Cuando las pérdidas son sostenidas, quiebra. Las empresas públicas, en cambio, siempre pueden cubrir sus pérdidas con nuestro dinero. Quienes la dirigen, entonces, tienen pocos incentivos para ser eficientes. Esto explica, en parte, por qué estas empresas no se crean en función de lo que los consumidores demandan sino de los antojos políticos de turno.

La tercera razón, conexa a la anterior, es la poca capacidad de las empresas públicas para aprender de sus errores. Cuando una empresa privada va mal, sus directivos querrán saber qué falla y corregirlo. Tienen todos los incentivos para ello. No suele ocurrir así en las empresas públicas. No solo por el mencionado desinterés de quienes las manejan, sino porque los problemas siempre podrán ocultarse. No teniendo como fin original la eficiencia, los políticos de turno podrán no preocuparse por su rentabilidad. Y si existe suficiente interés político, también podrán querer tapar el sol con un dedo. Siempre habrá justificaciones como el “interés nacional” o los “sectores estratégicos”.

Pero, además de costosos, los elefantes blancos son difíciles de dejar a un lado. Como ocurría con los paquidermos en Siam, en nuestro país la petrolera estatal es venerada sin fundamento y casi religiosamente. Aun si tuviera voluntad para hacerlo, PPK se vería en aprietos similares a los de los cortesanos siameses si quisiera rechazar el “regalo” nacionalista.