El escrúpulos, por Javier Ponce Gambirazio

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EL ESCRÚPULOS quedaba en la avenida Larco, a media cuadra de 28 de Julio en Miraflores. Una zona bastante luminosa. Sin embargo, para acceder al bar había que caminar por un pasadizo largo y oscuro hasta el centro de la manzana. Los dueños, Bolo y Ricardo Zilingardi, sabían muy bien que el éxito del negocio dependía de su discreción. En esos años, la característica esencial que debía tener un local gay era la invisibilidad. Perseguidos, ocultos y asolapados al entrar o al salir, todo funcionaba como si fuéramos delincuentes cuando lo único que hacíamos era bailar y conversar. Gran delito. Tamaña ilegalidad.

Esa noche entré del brazo de Gisela Guédez, primera voz del grupo Latinoamericanto y muy amiga de Vinko, El Rey del Café-Teatro. Como veníamos de un recital en el Florentino, tenía mi cámara y pude tomar la foto que encabeza este texto. Mi corazón estaba a mil. Un bar nuevo ampliaba las posibilidades de conocer a alguien. A esa edad, la promesa del amor es el norte que guía nuestra atontada brújula. Nunca encontré nada. Escarbé y eché mano de todos los telescopios posibles, pero al no existir aguja en tamaño pajar, Godot llegaría primero. Sin embargo, alguien mejor me esperaba.

Estamos en 1987, un año antes de que Conchita Wurst nazca y veintisiete años antes de que se haga famosa por cantar en Eurovisión como una mujer barbuda. Y en Lima tenemos una explosión de creatividad que se desaprovecha. Como suele suceder con las sociedades que no avanzan, los prejuicios arrinconan la novedad, descartan la primicia y nos obligan a desperdiciar la ruptura de los esquemas. Y sin darnos cuenta, continuamos encapsulados en la repetición de la receta del mono que no baja del árbol.

Por esta costumbre retrasada de conformarnos con la mediocridad del uniforme único, el mundo tuvo que esperar tres décadas para ver recién lo que aquí ya teníamos en casa, escondido en el desván de lo indeseable. En esa época inmunda, inestable y violenta, en este país roto por el que nadie daba un centavo, nuestro querido Javier Temple, con la cabeza adornada por enormes helechos y ni una sola flor, desafiaba los propios esquemas de la marginalidad travistiéndose con barba.

Ese día nos adoptamos. Y como Vinko era su madre, se convirtió en mi abuela. Una abuela que nunca me quiso pero que me hizo reír muchísimo. Maravillosa herencia.  Luego tuve dos hijos, un performer y un artista plástico. Una suerte poder elegir crías que se nos parezcan. Temple fue una lección de honestidad. Con esa elegancia extrema, disociada de la ordinariez que nos circundaba, parecía invitarnos a ir más allá de todo y a ser nuestra propia referencia de verdad. Un personaje fascinante. Inabarcable, inmenso y divino. Cualquier intento por describirlo cometerá sin remedio una traición a su esencia. A Temple hay que vivirlo.

Yo siempre supe a quién tenía delante. Durante los últimos treinta años lo he registrado y entrevistado sin parar. Ha sido el único maquillador con quien trabajé y mi mejor modelo. Actualmente estoy terminando un documental sobre este irrepetible ícono de mi generación cuya imagen fue carátula de mi cuarta novela publicada en España, Una vida distinta (Pre-Textos 2006).

Vinko y el Escrúpulos murieron con los ochenta. Latinoamericanto se disolvió y Gisela regresó a Venezuela. Así desapareció esta conjunción planetaria, dejándonos el abandono, la chatura y el desconcierto. Y como dijo Micky Malatesta, Javier Temple fue la última partícula de polvo de un cometa llamado Glamour. ¡Qué fortuna coincidir con él!

Foto: ARCHIVO PONCE