El Estado empírico, por Pablo Ferreyros

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¿Cuándo se jodió el Perú? Basadre, en cierta medida, tenía una respuesta a la pregunta de Zavalita. Para el notable historiador, los dos grandes males del Perú en su historia republicana fueron el Estado empírico y el abismo social. Por el primero se refería a nuestra precariedad institucional, al tráfico de intereses, a la falta de carrera pública. Por el segundo, a la distancia entre distintos sectores del país, al abandono de amplios sectores de la población, a los prejuicios extendidos.

Aun en 1973 Basadre mantenía este diagnóstico[1]. Consideramos que, al ser formulado, era no solo correcto sino particularmente agudo y sintético. Procedía, después de todo, de quien ordenó y sistematizó nuestra historia republicana. Sin embargo, han pasado ya poco más de cuarenta años. Vale la pena, entonces, revisarlo y analizar en qué medida preserva hoy su vigencia.

El abismo social parece haber disminuido. A partir del crecimiento que experimentó nuestro país desde los años 90, la clase media creció cuatro veces el promedio de la región. Mientras el ingreso mensual de los hogares limeños del NSE A aumentó solo 13,5% entre 1991 y 2006, la de los hogares del NSE D aumentó 145,5% en el mismo periodo. Asimismo, el coeficiente de Gini -donde 0 es igualdad absoluta y 1 desigualdad absoluta- pasó de 0.54 en 1997 a 0.44 en 2014.

A esto se suman el fin del esquema agrario de características semifeudales que se mantenía en algunos lugares de la sierra (en la costa las cosas ya habían cambiado bastante antes) y las migraciones del campo a la ciudad. Si bien estas últimas inicialmente solo evidenciaron la precariedad en que vivía buena parte del país, a largo plazo facilitaron la movilidad social al expandir las oportunidades de los migrantes. Propulsaron aquello a lo que de Soto ha llamado “la revolución informal”.

Nuestra clase media llega hoy al 57% del país, uno de población mayoritariamente urbana. Todavia hay mucho por hacer, pero bastante ha cambiado respecto de la situación que preocupaba a Basadre. Pese a ser aún insuficiente, el cambio en cuestión se ha venido dando sostenidamente por varios años y mantiene una tendencia positiva. Perviven, es cierto, prejuicios e imaginarios que contribuyen a la distancia; pero incluso estos están hoy atenuados (ideas como las de Deustua, por ejemplo, difícilmente serían actualmente tomadas en cuenta).

No se puede decir lo mismo del Estado empírico. The Economist, en su último Democracy Index, nos clasificaba como una democracia defectuosa. En el Índice global de competitividad del WEF, por su parte, ocupamos el puesto 116 de 140 en la categoría de instituciones. Junto con la de innovación, es en la que peor puntuados estamos. A esto se suman los resultados del índice de institucionalización del sistema de partidos del politólogo del BID Mark Jones. En cuatro de los cinco indicadores de este ocupamos alguno de los tres últimos puestos de américa latina[2].

Tampoco seamos tan pesimistas, también respecto a este problema estamos mejor que en el pasado. El tiempo en que vivimos, después de todo, es el más largo que ha tenido el Perú en democracia; superando la relativa estabilidad de la República Aristocrática. No obstante, en medio de nuestra precariedad institucional y crisis de partidos, lo pendiente es todavía mucho. Y, a diferencia de lo que ocurre con el otro gran problema, no se ve respecto a este una tendencia clara hacia su atenuación. Si quisiéramos responderle a Zavalita, parece, tendríamos que hurgar en los orígenes del empirismo de nuestro Estado.
[1] Ver Basadre, Jorge. El Azar en la historia y sus límites. Págs. 247-251.

[2] Sobre este último indicador ver Tanaka, Martín. Perú: el sistema “neodualista” de una democracia sin partidos. En Democracia en la región andina. Cameron, Maxwell y Juan Pablo Luna (editores).