El éxito de la santidad, por Alfredo Gildemeister

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La palabra “éxito” constituye hoy en día un término muy utilizado y de moda, al cual se apela mucho en la publicidad que vemos a diario, en la TV, avisos, etc. “¡Sea un hombre de éxito!”, “¡Sea una mujer de éxito!”, “Es una persona de éxito”, “Tenga un futuro de éxito”, etc. En una sociedad consumista y materialista como en la que vivimos, el éxito se mide por lo general, de acuerdo al dinero que se gana o que se acumula, el puesto que se tiene en el trabajo; o según la cantidad y calidad de bienes que poseemos tales como autos, casas, acciones, la última versión de Iphone, etc. o según el estilo de vida que tengamos: viajes, consumos en restaurants caros, clubs, cargos políticos, vida social en cocteles, cenas, almuerzos y diversos eventos de sociedad, alternar con personas importantes o con poder, etc. Pero ¿Realmente constituye el “éxito” de una persona lo descrito anteriormente?

Como diría Erich Fromm, en esta pugna moderna entre el “ser” y el “tener”, es esta última la que hoy cobra más importancia puesto que es el “tener” el que, según la sociedad actual, conlleva el éxito de una persona y, por lo tanto, su felicidad y realización personal. Sin embargo, curiosamente, puede verse a diario como en muchísimos casos, pese a tenerlo todo, las personas no son felices ni se sienten “realizadas” puesto que “sienten” que algo les falta. Ante esta insatisfacción, devienen las famosas depresiones, stress, etc. llegándose en algunos casos al suicidio mismo, ante la “extraña” infelicidad que produce el poner todo el corazón y esfuerzo en el simple “tener”, olvidándose del “ser”, y digo “extraña” porque para una sociedad materialista y consumista que ha puesto el fundamento de su felicidad en lo material, ello debería ser suficiente para que una persona sea feliz.

Celebramos los 400 años del fallecimiento de Santa Rosa de Lima, una mujer que logró el verdadero “éxito” en su vida, como lo es la santidad. Alguien se preguntará ¿Y que tiene que ver el “éxito” con la santidad? Muchísimo. Ya lo dijo Jesucristo en el Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” Con esta pregunta Cristo no está condenando el hecho que una persona tenga bienes y los disfrute. El “tener” no es malo ni reprochable. El error radica cuando una persona pone todo su afán siendo la meta de su vida, en la posesión de bienes, dinero, poder, etc., olvidando que todo ello está bien, pero no es lo esencial y por ende lo más importante. La santidad es una lucha permanente de la persona consigo mismo, con sus defectos y debilidades, por ser más santa en el buen sentido, esto es, viviendo cada día más cerca de Dios en medio de su trabajo, su familia, sus amigos, su hobby, su deporte, etc., cultivando una vida espiritual cada vez más profunda, en contacto permanente con Dios y en medio del mundo. Este contacto se logra mediante la oración y, si se es católico, por ejemplo, mediante la frecuencia de los sacramentos, especialmente la comunión (“Quien come mi cuerpo y bebe ni sangre tiene vida eterna, mora en Mí y Yo en él”) y la confesión. La santidad no es algo accesorio a la vida de una persona. Es esencial. Es un mandato del mismo Cristo señalado en los Evangelios: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. De allí que todo cristiano deba buscar la santidad día a día, en su vida diaria. Esta búsqueda no es fácil pues requiere de una lucha y tenacidad permanente. Ya lo decía San Pablo cuando afirmaba en una de sus cartas que “la vida en la Tierra es milicia”, esto es, lucha permanente contra uno mismo, sus defectos, errores, etc. Santo que no lucha cada día no es santo. La santidad es pelear tu batalla cada día, caer y levantarse para seguir luchando. Esta lucha será continua y permanente hasta el último segundo de nuestras vidas, y para ello contamos con la gracia y ayuda divina. Nunca estamos solos, porque simplemente no podríamos hacer nada. Dios siempre ayuda y eso Santa Rosa lo sabía muy bien.

Isabel Flores de Oliva, una sencilla muchacha limeña, religiosa de la orden de los dominicos, logró después de luchar toda su vida, la santidad. Fue la primera santa de América. Desde muy joven consagró su vida a la atención de enfermos y niños. Nacida en medio de una familia numerosa, recibió la confirmación de Santo Toribio de Mogrovejo. En ese momento recibió el nombre de Rosa, pues sus padres la llamaban así por su belleza desde su nacimiento. En 1606 tomó el hábito de terciaria dominica en la iglesia de Santo Domingo. Sin embargo, nunca llegaría a recluirse en un convento. Rosa siguió viviendo con su familia, ayudando en las tareas de la casa y preocupándose por las personas necesitadas. Como todos los santos, Rosa fue una gran luchadora, llegando poco a poco a ser muy virtuosa. Hacía mucha oración y penitencia, lo cual la ayudaba en esa lucha diaria que es la santidad, llegando inclusive a practicar un severísimo ascetismo. Al margen de sus milagros y experiencias místicas, debe desatacarse que Rosa sufrió en ese tiempo la incomprensión de familiares y amigos y padeció etapas de hondo vacío, como todo el mundo, pero ello fructificó en una intensa experiencia espiritual, sin perder jamás su alegría. Cumplidos los 30 años Rosa sufrió una aguda hemiplejía, muriendo un 24 de agosto de 1617. Tenía sólo 31 años. El proceso que condujo a su beatificación y canonización empezó de inmediato. Tras 50 años de proceso, Clemente IX la beatificó en 1668. Un año después la declaró patrona de Lima y del Perú. Su sucesor, Clemente X, la canonizó en 1671. Un año antes la había declarado, además, patrona principal de América, Filipinas y las Indias Orientales.

¿Fue Rosa una “mujer de éxito”? Creemos que sí. ¿Contrasta Rosa con la mentalidad consumista actual en donde el “tener” lo es todo? Claro que contrasta puesto que Rosa ubicó el sentido de su vida más allá del simple “tener”, esto es, en el “ser”. Logró el éxito en su vida al alcanzar la santidad. ¿Qué le costó muchísimo? Por supuesto que sí. Nada es fácil en la vida y menos la santidad. Por ello el verdadero éxito no debe quedarse en el simple “tener”, en el consumismo y materialismo de hoy. Debemos ir más allá en la búsqueda del verdadero éxito en nuestras vidas. Rosa logró la santidad y, por ende, el éxito. Su vida valió verdaderamente la pena.

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