El Fantasma llamado Magallanes, por Bruno Timarchi

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Andar acelerado para no ser sorprendido por un delincuente. “Chapa a tu choro y demuestra la nula noción de civismo y de convivencia que posees como miembro de una sociedad moderna (¿el Perú es una sociedad moderna?)”. Empujar y no pedir disculpas. El cobrador luchando por los veinte céntimos, porque “medio” significa ¾ del pasaje (el sueldo de un cobrador informal, ¿alcanza para cubrir plenamente las necesidad básicas? ¿Cómo es la vida de un cobrador cuando no es cobrador? ¿Y el conductor? El otro=El peruano). Una señora que se sube y saluda con un agradable “Buenos días” al conductor. Radio que emite salsa, chicha, cumbia, reggaetón, música clásica. Audífonos. Pantallas. Piercings. Tatuajes. Narices recortadas. Memes y risas a carcajadas. Lentes de Woody Allen. Chicas con peinados a lo Skrillex. Camisas a cuadros. Pitillos de colores. Apoyar la unión civil homosexual y aplicar racismo en las calles. Chelas, vahos verdes, polvo blanco, sudor, juergas y antros miraflorinos; bajona en el McDonald’s; papitas de La Lucha; KFC; Bembos; Burger King. Serenazgos y “¡Yo conozco mis derechos!”; es decir, máxima expresión de la vitalidad de la juventud contemporánea. Uno, parte de todo esto, se aleja de la lucidez, renqueando.

Y el terrorismo es ese pasado que no sucedió.

A los vestigios de ese pasado al que la cotidianidad parece dar la espalda y muchas veces soltar carcajadas pertenecen los personajes de Magallanes, primer largometraje de Salvador del Solar, el cual escribió y dirigió. La línea narrativa, que desde el principio envuelve al espectador en un ambiente que genera extrañeza y que no es otra cosa que proyección de Harvey Magallanes, otro taxista más dentro de la urbe limeña y personaje principal de la película, se va desenvolviendo con sutil pero impresionante destreza, tan retorcidamente orgánica que el espectador no acepta zafarse luego de revelado el final.

Por otra parte, es reconfortante poder hablar de una experiencia inédita como espectador, la cual desemboca del pacto implícito que establece el director con el público específicamente peruano. Dicha experiencia es ser participante de una forma inusual de verosimilitud en una ficción (digo inusual ya que para llegar a tal grado de aceptar una ficción como verdad, uno se debe sentir parte de ésta, y este sentimiento no solo aparece muy pocas veces, sino que cuando se genera es frente a películas extranjeras). El ejemplo más claro es la interpretación que todos los actores, sin excepción, lograron con sus personajes. Sin embargo, el empleo que hace Salvador del Solar de los diversos espacios de la ciudad de Lima para narrar la historia es el factor que hace inédita la experiencia, ya que es tan acertado que a uno se le está mostrando, realmente, los hábitats naturales de estos fantasmas del terrorismo e hijos bastardos del Estado, abandonados cual huérfanos en un pozo de traumas, necesidades materiales, conflictos; oscura libertad.

Esta la mayor virtud del largometraje: mostrar, mediante la ficción, una realidad oculta, pero latente para convertirse en arma contra el olvido actual y futuro, que se traduce en ignorancia y recurrencia al error, y quizás hacer eco del recordatorio, que es más una advertencia, de que si bien el comunismo en el Perú está muerto militarmente, no lo está ideológicamente. Así, se puede decir con total certeza que Magallanes es un texto audiovisual fundamental para construir una sociedad que se sumerge cada vez más en el consumo, sí, pero que al menos posee una identidad.