El floro de la democracia participativa, por Pablo Ferreyros

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La democracia moderna, como se sabe, es representativa: no decidimos directamente sobre las cuestiones políticas sino que delegamos poder para que nuestros representantes lo hagan. No faltan, sin embargo, quienes proponen romper esta representatividad y cambiar a un modelo de participación directa: los defensores de la democracia participativa. Bajo esta categoría caen distintas propuestas pero la idea central se mantiene. Conviene preguntarnos entonces  ¿Tiene sentido esta propuesta? ¿Qué se ganaría con implementarla? ¿Y qué se perdería?

La idea sale de la antigüedad, más específicamente de Atenas, donde los ciudadanos –en efecto- decidían directamente sobre los asuntos públicos. Es necesario, por ello, entenderla en su contexto; bastante distinto al actual. La primera diferencia, naturalmente, es el tamaño. En la democracia participativa ateniense los ciudadanos –que eran una parte minoritaria de la población- se reunían en el ágora a discutir y tomar decisiones. Esto era posible en unidades políticas pequeñas como las polis griegas, pero francamente imposible en los Estados actuales. No solo por obvias cuestiones físicas sino porque siendo muchos más el peso de lo que diga cada uno se diluye infinitesimalmente y la discusión directa se torna imposible.

La segunda gran diferencia es el tiempo. Los ciudadanos de las polis griegas podían dedicarse a deliberar y debatir continuamente porque tenían esclavos que trabajen por ellos. La gente hoy no solo está ocupada en sus propios asuntos laborales sino que vive en sociedades donde existen el comercio y la división del trabajo: cada quien se enfoca en un área específica donde tiene ventaja comparativa e intercambia bienes y servicios con el resto. Parte de esa división del trabajo es que haya personas específicamente dedicadas a la política  que -sin que por ello dejen de ser especialmente supervisados- se encargan de los asuntos públicos por el resto. Ocurre lo mismo con los jueces y militares.

Pero las diferencias no están solo en el contexto sino, más importante aún, en los conceptos de libertad mantenidos como deseables. En la antigüedad no existía el concepto de espacio privado y la libertad era entendida como participación del poder común, como tomar parte en las decisiones del gobierno. Tenía, por tanto, un sustrato colectivo que implicaba también total sujeción a las decisiones así tomadas. En la modernidad, en cambio, la libertad se entiende más como independencia del gobierno, como inviolabilidad de la esfera privada. Ya no se puede condenar a alguien por simple votación de la asamblea sino solo por la ley y mediante un tribunal.

Robert Dahl, en efecto, afirma que las democracias modernas tienen tres componentes: voto popular, cortes y liberalismo (o valores pre políticos). Lo propio de las democracias participativas antiguas era solo lo primero. Los otros dos componentes, en cambio, son posteriores y distintos de este: las cortes son independientes y los valores pre políticos son sus límites, definen aquello sobre lo que no puede decidir. Visto así, ciertas variantes de democracia participativa podrían no ser sino una perdida voluntaria de los dos últimos y un regreso a la exclusividad –y tiranía- del primero.

Hasta este punto nos hemos remitido en casi todo a Constant y a su clásico Discurso sobre la libertad de los antiguos comparada  con la de los modernos. Pronunciado a inicios del siglo XIX, en el presenta la distinción como un tema nuevo, defiende la segunda variante y trata de explicar los excesos del Terror posterior a la Revolución Francesa por una confusión de ambos conceptos –uno de cuyos bienintencionados culpables es Rousseau. Pero democracia representativa también tiene sus problemas propios. John Pocock, por ejemplo, señala que uno de los sentidos en que Maquiavelo se mantiene vigente es que nos advierte de los riesgos de que los intereses de los representantes difieran de los de los representados y puedan prevalecer. Estos problemas merecen ser considerados seriamente y que se les busquen soluciones entendiéndolos desde este punto de partida. Para esto las circunscripciones congresales uninominales  y otras formas de diseño de incentivos resultan bastante interesantes pero son algo que veremos a mayor profundidad en una próxima oportunidad.