El futuro está hecho de recuerdos, por Martín Alegría

550

Ponte a pensar un momento qué rescatarías de tu casa si se estuviera incendiando ¿Un libro? ¿Una guitarra? ¿La foto de tu abuela? ¿Los lentes que te regaló mamá? ¿Al perro? Las cosas tienen un valor económico es cierto, pero sobre todo tienen un valor sentimental y por eso las rescatarías. Ejemplos palpables de esto están en el sitio the burning house, donde las personas cuelgan imágenes de que rescatarían si estuvieran en este supuesto.

Estas cosas, a las cuales les hemos dado un valor sentimental, nos remontan a momentos de nuestra vida que seguro son especiales y por ello merecen ser rescatados. Representan partes de nuestra vida, recuerdos, impresos en soportes o convertidos en imágenes.

Nuestra mente cuando toma contacto con estos objetos es capaz de generar a nivel neurológico la misma sensación o emoción que tuvo en el instante exacto que se encuentra ligado a dicho objeto. El poder de los recuerdos es altísimo y puede hacernos inmensamente felices o destruirnos, siendo prueba de esto último el estrés postraumático que sufren las víctimas de actos violentos.

Cuando estamos en una situación de peligro, nuestro cuerpo se activa y pone en alerta a raíz de una respuesta del hipotálamo, que promueve una serie de señales hormonales y neurológicas que guían a las glándulas suprarrenales (ubicadas encima de los riñones) a que liberen una serie de hormonas, entre las cuales se encuentra la adrenalina y el cortisol.

La adrenalina, aumenta el ritmo cardiaco, eleva la presión y aumenta el suministro de energía. El cortisol, aumenta los niveles de azúcar en la sangre, mejora la utilización del azúcar en el cerebro y promueve la reparación de tejidos. Asimismo, el cortisol reduce las funciones no esenciales para una situación de lucha o escape, altera el sistema inmunológico, suprime el sistema digestivo, el sistema reproductor. En síntesis, en una situación de alerta, el cerebro se pone en una situación de control respecto al estado de ánimo y miedo.

En contrapartida, un momento agradable, se encuentra acompañado de emociones placenteras y procesos químicos que liberan hormonas que generan satisfacción. Psicólogos de la Universidad de Rutgers, New Jersey, se preguntaron cómo funciona nuestro cerebro en esta etapa y lograron ver – vía resonancias magnéticas – que ante un recuerdo agradable se activa el sistema de recompensas del cerebro, de forma altamente similar a la que se experimentó en la situación real, liberando dopamina, un neurotransmisor que proporciona sensación de euforia y aumenta la motivación: en síntesis, felicidad en estado puro.

Es claro entonces que no estamos hablando de magia, sino de un cuerpo humano que alberga un laboratorio gigante de químicos guiados por el cerebro, y que este a su vez se encuentra motivado por los recuerdos que a lo largo del tiempo ha almacenado. Nuestra mente, que es atemporal, es capaz de revivir estos momentos que son indisolubles de la emoción que nos generaron y de las reacciones químicas que los acompañaron.

Si ello es así, es claro que podemos moldear un futuro feliz y agradable a base de recuerdos motivadores o placenteros. Echar una mirada al pasado con un filtro positivo, nos permite afrontar mejor las situaciones de la vida y lograr el éxito, automotivándonos y sin depender de recompensas de terceros.

Pongamos como práctica diaria, al final del día, hacer un recuento de las cosas agradables que nos sucedieron, encontrando cosas positivas que pasaron o llegaron, para aumentar así nuestra resiliencia y ánimo. Acabar el día con una visión positiva es el camino para paso a paso moldear un futuro mejor, a base pensamientos (o recuerdos) que sumen en vez de tirar hacia abajo.

Ciertamente, al final de la vida, somos la suma de los recuerdos que acumulamos en el camino. Procuremos que estos sean más pesados en dopamina y menos relevantes en cortisol.

 

Lucidez.pe no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.