El Grand Guignol: La raíz del horror moderno

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Las grandes luces se apagan y solo las pequeñas que reposan en la superficie del escenario iluminan la escena. Todo parece normal hasta ahora. Una mujer sentada a la mesa comiendo. Lo rutinario de la escena casi aburre. De pronto, un hombre con un machete se acerca por detrás y la mujer lo escucha. Se levanta de la silla y lo encara. Él se acerca, ella corre y naturalmente él la persigue. Destrozan la utilería, mesa, platos, cubiertos desperdigados en el suelo y al final, el hombre la hace caer al suelo. Le agarra un tobillo y la arrastra hacia él para enterrarle el machete en sus carnes. Pero ella rápidamente toma un pedazo del plato roto y cuando está cerca, aprovecha el momento y se lo clava en el cuello. La sangre brota cual cascada de rubíes y mancha a ambos. Él sucumbe. Ella se para y toma el machete. Mientras el hombre expira, ella empieza a mutilarlo con el arma que debió darle el mismo final a ella.

Eso, es una aproximación al repertorio macabro que ofrecía el primer teatro devoto al  terror. El Grand Guignol.

Ángeles colgando sobre la orquesta y los palcos provistos de barandillas de hierro haciéndolos parecerse a confesionarios. Iglesia gótica transformada en el teatro más pequeño de París, Oscar Metenier lo compró en 1897 para representar obras naturalistas. Pronto empezó a funcionar.

El nombre proviene de una marioneta popular francesa: “El Guignol”. Esta era reencarnación teatral de un activista que hablaba por los trabajadores y mendigos de la ciudad de Lyon. Crudamente censurada por las fuerzas de Napoleón III al igual que Metenier, que era objeto de una censura frecuente por representar a personajes desterrados de un escenario que nunca vieron hasta entonces: Niños de la calle, indigentes, criminales, prostitutas y estafadores usando el lenguaje de todos los días.

Un año después el nuevo director del teatro, Max Maurey, tomó las riendas y convirtió el lugar en un verdadero palacio del horror. Descubrió a André de Lorde, bibliotecario de día y dramaturgo y novelista de noche. Más tarde sería conocido como el príncipe del terror. Este concebía obras en las que la locura era el elemento del que manaban las otras emociones de sus personajes. Un doctor que le practica una cirugía al cerebro del amante de su esposa y después es asesinado por el mismo. Una nana que estrangula a los infantes que debería cuidar y dos pacientes psiquiátricos que ciegan a un tercero con una tijera por celos, la mente de De Lorde era una fuente infinita de horrores que a menudo escribía en colaboración con su terapeuta, el psicólogo Alfred Binet.

Y aunque la locura era el plato principal, también se exploraban temas como los estados alterados de conciencia, el pánico…y el que estos elementos se mezclaran era algo revolucionario para la época. Camile Choisy, el tercer director, trajo consigo los efectos especiales y en 1917 contrató a Paula Maxa, la mujer más asesinada en el mundo. Le dispararon, la estrangularon, la desmembraron, quemaron y guillotinaron entre otras cosas. Todo en escena por supuesto.

Pero había otros platos aparte del horror. La comedia lo relevaba y se alternaba para darle un respiro a la audiencia.