[EDITORIAL] El héroe indiscreto

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Esta semana se cumplieron los 26 años de una imagen que dio la vuelta al mundo. La mañana del 5 de junio de 1989 en Beijing una larga columna de tanques avanzaba hacia la plaza Tiananmen. De repente, un hombre se les puso al frente. El primer tanque intentó rodearlo, pero el hombre se movió para seguir impidiendo su avance. La tensión duro alrededor de dos minutos hasta que fue retirado a la fuerza. El día anterior se había producido a pocas cuadras de allí la masacre de la plaza Tiananmen, donde cientos de personas (principalmente estudiantes) que protestaban contra el gobierno dictatorial habían sido asesinados.

La década anterior había sido una de cambios profundos para China. Entre los años 50 y 70, este país había soportado los estragos del fallido Gran Salto Adelante y la férrea represión de la Revolución Cultural; así como las más de 30 millones de muertes que ocasionaron. Tras la muerte de Mao en el 76, el país entro a un periodo de inestabilidad y luchas por el poder. En el 78 se impuso la facción reformista de Den Xiaoping, quien empezó al año siguiente a liberalizar gradualmente la economía. Esta medida, que mejoró notablemente la situación del país, era mal vista por distintos sectores dentro del partido. Algunos la consideraban una traición a la tradición e ideales comunistas; otros, insuficiente por no incluir también las libertades políticas.

Entre estos últimos estaba quien fuera la mano derecha de Deng hasta el 86: Hu Yaobang. Pero pronto fue tachado como defensor del “liberalismo burgués” y obligado a renunciar a la secretaría general del partido. Fue humillado políticamente, pero siguió siendo popular en ciertos sectores, sobre todo universidades. Tras su repentina muerte el 15 de abril del 89, grupos de estudiantes se reunieron en la plaza Tiananmen a recordarlo y reivindicar sus ideas. Pronto, a estas quejas se sumaron otras más amplias sobre la falta de libertades civiles, la lentitud de las reformas, la corrupción y la represión. Se sumaron también profesores, trabajadores y distintos miembros de la sociedad china descontentos con la situación. El 20 de mayo se decretó la ley marcial, pero las protestas siguieron hasta alcanzar su punto álgido la noche del 3 de Junio; cuando los militares entran a abrir fuego contra los manifestantes. La represión se prolongaría toda la madrugada y la mañana del día siguiente, cuando los padres de las víctimas traten de entrar al lugar.

El 5 es cuando el gobierno ya está empezando a retomar el control, y es en este contexto como mejor podemos entender el incidente. El hombre parado solo frente a la línea de tanques no solo refleja la impotencia que deben haber sentido en ese momento quienes eran cercanos a la protesta. Es también un símbolo de la resistencia no violenta y de la lucha contra el totalitarismo; un símbolo de una época convulsa en que ambas cuestiones fueron tópicos recurrentes. No en vano fue considerado por la revista Times como uno de los hombres más influyentes del siglo XX. ¿Quién fue? Hasta hoy es un misterio. No queda claro si quienes lo apartaron de la pista eran civiles o fuerzas del orden, por lo que tampoco se sabe si fue ejecutado o sigue vivo. Pero aun si esto último fuera cierto, el silencio al respecto es tal que probablemente no sabría de su fama global.

Después de las protestas las leyes se endurecieron, se cortó la señal de satélite, se encarceló a muchos periodistas chinos y se expulsó a la mayoría de sus colegas extranjeros. Aun hoy seguiría habiendo gente encarcelada por participar en estos sucesos. El gobierno, que controla y dosifica la información a la que acceden sus ciudadanos, sigue prohibiendo la discusión sobre el tema y afirmando, para los pocos que lo conocen, que fueron atentados contrarrevolucionarios. En un documental de la PBS en que, pocos años después del suceso, se mostraba la imagen del hombre del tanque a estudiantes de la Universidad de Beijing, la mayoría declaró no saber qué era. Pero uno de ellos, que respondió decididamente que era un montaje artístico, susurro luego compañero la palabra “89”.

Mientras tanto, y pese a ciertos cambios positivos, China sigue siendo un país enormemente represivo. Un solo partido sigue monopolizando el poder y reescribiendo la historia a su antojo. No solo con los “sucesos del 4 de junio”, como los llaman eufemísticamente, sino con cuestiones como el Tíbet o las hambrunas masivas generadas por las reformas de Mao. Es difícil saber que pasará luego; pero el economista e internacionalista James Dorn indica que China tendrá que abrir su mercado de capitales y permitir la libertad de prensa si quiere tener un peso importante en el mercado financiero global. Así, la globalización, la revolución de la información y la continua reducción del Estado podrían representar finalmente el camino de este país a la libertad. Cuando esto ocurra, ya no tendrán que susurrar para hablar de lo que paso en 1989 y la memoria de quienes murieron por la democracia será finalmente recuperada. Tal vez incluso nos enteremos qué paso con el rebelde anónimo que se enfrentó a los tanques.