El human-go, por Vincenzo Viacava

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Una nueva especie en la raza humana se está desarrollando y amenaza con quedarse. No hablaré de procesos involutivos ni evolutivos, sino de un devenir inexorable que se nos ha enrostrado casi de repente. Es como la muerte, nos coge siempre desprevenidos. Con certeza, el Smartphone es hoy una extensión de nuestro cuerpo, un órgano más, aunque irreal.  Se antoja una metáfora donde Gea representa a esta revolución digital y los human-go sus hijos predilectos. Como Madre Tierra que se desprende de Caos, de lo informe, a ella solo le interesa la procreación y el bienestar de sus hijos. Ama la reproducción de toda índole, sin importarle que exista algún desorden sexual, como una violación de por medio: el hijo siempre es deseado sin importar su origen. En síntesis, su poder generador no tiene límites. Por otro lado, ella reina de un modo oculto aunque omnipresente.

Los human-go no solo se han reproducido exponencialmente; están debajo de cada piedra, de cada couster, de tu casa y de tu trabajo. Han desarreglado la ciudad, la han desbordado. Lima se pone a prueba ante esta nueva oleada de migrantes y haciendo gala a su historia está como desorientada, anquilosada. Los señuelos de human-go o ‘pokeparadas’ muchas veces se encuentran en puntos irracionales, a causa de la falta de espacios públicos de una ciudad que nunca jamás fue pensada ni diseñada con tanta asiduidad desde el damero de Pizarro. El juego mismo invita a este desorden, como mofándose de la silueta deforme limeña. ¿Cómo explicar una pokeparada en medio de un ovalo atenazado por pistas y carros acezantes? ¿Cómo explicar a los human-go corriendo como manada, agitándose o inmovilizándose porque un juego se los dictamina? Pareciera como si un orden soterrado y mistérico marcara las pautas de sus valiosísimas vidas. “Hoy tienes que salir a cazar 10 pokemones”, “Atrápalos a todos”, pareciera susurrarles al oído.

No obstante, a esta bondadosa fantasía virtual se le atribuye con grandilocuencia la reinserción del ciudadano a los espacios públicos, el fortalecimiento de amistades que se enfriaron, en fin, la vuelta de la socialización en las calles. Desde aquí podría saludarse esa humanidad y ese desprendimiento por parte de los creadores, pero la realidad es que ellos solo quieren enriquecerse a costa del tiempo y esfuerzo de los human-go. Asimismo, la crítica no puede soslayar que todo este barullo, movilización, migración se trata de un espejismo; de gente ficticia que se desvanecerá para siempre con la misma facilidad e irreflexión con que conquistan parques o plazuelas – hágase la voluntad del juego – para luego abandonarlos culminado el asedio, explotado sus recursos, satisfecho el placer, consagrado el botín. Valga decir, que de nada sirvió señalar el museo más histórico y el parque más fecundo como señuelos de human-go, ellos están ensimismados en atrapar a sus criaturas, las quieren y las adoran. Nunca jamás posarían sus ojos en esta realidad monstruosa que exhibe la naturaleza, o algún ceramio perdido de hace 1000 años. Sometimientos aparte, esperemos ver más personas con celulares, y menos celulares con personas.

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