El mensaje del combate naval de Iquique, por Michel Laguerre

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El padre Humberto Suarez Álvarez, capellán de la Escuela Naval en 1927 recordó que Santo Tomás sostuvo que todos tenemos “tres acreedores principales […] Dios, la familia y la patria […] sin Dios no sería nada, sin nuestra familia y sin nuestra patria no seríamos lo que somos […] Y como la patria no es más que el desarrollo histórico y normal de la familia, nuestros deberes para con la patria son una extensión de nuestros deberes para con la familia”.

El llegar a ser consciente de ello bajo la inmensa presión que produce la guerra y, específicamente, el combate inminente en sí, evidencia la calidad humana real y sin máscaras de los protagonistas.

Es en esta línea que el combate naval de Iquique ocurrido el 21 de mayo de 1879, entre el Huáscar y la Esmeralda, fue el escenario donde la coherencia espiritual de Miguel Grau con sus tres acreedores tomistas estampó el inicio “en lo que podríamos llamar la guerra de Grau”, aquella que tuvo “la voluntad de una guerra sin excesos […] fruto no de una circunstancia pasajera sino del estilo humano y caballeresco del comandante del Huáscar […]” (de la Puente Candamo 2003: pp. 292 y 294).

El rescate de los 62 náufragos de la Esmeralda dándoles ropa y una buena atención -en palabras del teniente primero Luis Uribe, sobreviviente del naufragio- refleja el ejemplo “de un jefe cabal que defiende a su patria sin olvidar la naturaleza humana de sus adversarios” (de la Puente Candamo 2003: p. 293).

Tanto en el parte que Grau eleva oficialmente informando de los sucesos y resultados del combate, así como la carta familiar que le envía a su cuñada Manuela Cabero Núñez, casada con el marino chileno Oscar Viel Toro, se confirma lo escrito a la viuda de Arturo Prat, doña Carmela Carvajal.

Estas misivas permiten apreciar con agrado y orgullo el mismo mensaje que revela la coherencia y seguridad moral de Grau. No existió doble discurso ni temor de reconocer el valor del digno adversario y su tripulación, quienes “perecieron víctimas de su temerario arrojo” (de la Puente Candamo 2003: p. 289).

Casi cuarenta años después, el joven articulista de la revista Mundial, Edgardo Rebagliati, entrevistó a Dolores Cabero viuda de Grau. De esta conversación se confirma la humanidad del comandante del Huáscar. Acá un extracto:

“- […] ¿Qué le dijo de Prat?

– Que al verlo caer sobre la cubierta del Huáscar descendió presuroso de la torre de comando pero que en el entrevero de la lucha no pudo llegar a él con la presteza deseada y solo tarde, cuando uno de los tripulantes del barco acababa de victimarlo […]”.

De este modo, las aguas que bañan la costa de Iquique no fueron sólo testigos de un combate frío y terrible, con disparos de cañón, maderas destrozadas, gritos espantosos, oraciones suplicatorias, y recuerdos de familia. Fueron el lienzo donde el destino pintó uno de los hechos navales más caballerosos que la historia marítima haya registrado.