El misterioso Niño Dios, por Alfredo Gildemeister

786

¡Quién no recuerda aquellas navidades que vivió cuando era niño! A medida que se acercaba la nochebuena el misterio de aquella noche mágica se hacia mas real, casi se sentía. En mi caso, cuando era niño, mis padres nos acostaban a mis hermanos y a mí temprano, y luego nos despertaban a las doce de la noche para que bajara a la sala de la casa, saludara a mis abuelos y abriera mis regalos. Claro que todo esto tenía un preparativo de semanas de antelación, desde que se armaba el nacimiento y el árbol. Nuestro nacimiento era muy modesto y lo armábamos en la chimenea de la sala. Así parecía una gruta y todo eso. El arbolito era un adefesio, chiquito y con unas cuantas bolitas de las cuales cada navidad quedaban menos pues se iban rompiendo de a pocos. Mis padres me decían que en la nochebuena venía el Niño Dios y nos dejaba los regalos al pie del árbol o del nacimiento. Días antes había escrito mi carta al Niño Dios pidiendo los juguetes que quería. De allí que muy de pequeño, llegada la nochebuena, me despertaban mis padres para que fuera a la sala a ver los regalos que me había dejado el Niño Dios. Obviamente que, si a uno lo despiertan a media noche, te sacan de la cama medio zombie de sueño, lo mas probable es que te pongas de un humor de perros y mandes al diablo a todo el mundo por muy “Noche de paz, noche de amor” que te canten a toda voz en los oídos. Así fue como solía aparecer de muy mal humor hasta que se me iba pasando.

Pasados algunos años, la cosa fue evolucionando por lo que mi padre nos llevaba a la avenida Larco a mis hermanos y a mí, para que viéramos qué juguetes queríamos pedirle al Niño Dios, y luego se hacía la cartita. Entre mis traumas navideños radica el hecho de que en la tienda Oechsle que existía en la avenida Larco, al costado de las tiendas Monterey, se mostraba una maqueta enorme con un maravilloso tren eléctrico, con una locomotora preciosa y vagones para todos los gustos. Los juguetes que vendía Oechsle eran importados de Estados Unidos, Alemania o Inglaterra. No se vendían los adefesios chinos o coreanos de hoy en día. Los carritos de juguetes eran de marca, así como los soldaditos marca Britains o bicicletas estupendas. Pero el tren me tenía loco y todos los años le pedía al Niño Dios el bendito tren, pero nunca me lo traía. Regresando luego a casa, hacía mi carta y pedía de todo, incluyendo el famoso tren. Llegada la noche buena, mi padre nos llevaba antes al cine o a pasear o a comprar cohetones, “rascapies” (que ahora no se ven) o las típicas luces de bengala entre otras cosas. No se vendían “ratablancas” ni otras “bombas” por el estilo como hoy. Lo curiosos es que yo trataba de escuchar los pasitos del Niño Dios en la nochebuena, cuando dejara los juguetes al pie del nacimiento. Afinaba el oído desde mi cuarto, trataba de espiarlo, pero nunca lo pillaba. Y por esos misterios de la navidad, siempre aparecían los juguetes de la nada, de acuerdo a lo pedido en la carta, pero mi tren no aparecía ni de broma. Luego me explicaron que el Niño Dios tenía un presupuesto y que tenía que alcanzar para todos los niños del mundo. Pero ¿Acaso para Dios no hay nada imposible? ¿Un trencito eléctrico no sería nada para Dios? Pero nunca apareció el tren ¡Cosas de la Providencia divina!

Los años transcurren y muchas navidades han pasado. Sin embargo, el misterioso Niño Dios sigue vivo entre nosotros y continúa de manera sigilosa y a escondidas, dejando regalos a los niños al pie del árbol o del nacimiento o al pie de sus camas. Este misterio se mantiene por mas que la propaganda comercial a través del tan mentado “Papa Noel” le haga la competencia desleal y ni el Indecopi se lo impida. Si bien uno ya no es un niño, solo por esta noche y, repito, solo por esta única noche del año que es la nochebuena, todos los seres humanos nos volvemos de alguna misteriosa manera, niños de nuevo, y esperamos nuestro regalo del Niño Dios. Lo vivimos en nosotros, pero, sobre todo, lo volvemos a vivir muy intensamente en nuestros hijos y nietos, al ver la ilusión con la que hacen sus cartas al Niño Dios y esperan la nochebuena, esperando esa noche mágica del año, en que todo un Dios se hace niño y viene a nosotros, para darnos la alegría, no solo de un regalo, sino la gran alegría de su propia venida. De allí que el misterioso Niño Dios sigue y continuará con nosotros, pues vino para quedarse y para siempre.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.