El modelo económico y sus enemigos, por Gonzalo Ramírez de la Torre

"Hoy resulta conveniente hablar sobre los otros enemigos del modelo económico: los malos empresarios".

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En el Perú, la izquierda suele ser la enemiga más tenaz del modelo económico. Desde que entró en vigencia la Constitución de 1993, este grupo político ha procurado que esta se cambie y denunciado con vigor las supuestas maldades del sistema “neoliberal”. La realidad, empero, ha demostrado ser su obstáculo más formidable: las candidaturas que promueven sus reformas radicales nunca han llegado a ocupar el sillón de Pizarro y basta un vistazo a los resultados macroeconómicos de los últimos 15 años para reparar en los beneficios que una mayor libertad económica le ha supuesto al país.

Así, dejando a la izquierda de lado, en estos tiempos resulta conveniente hablar, más bien, sobre los otros enemigos del modelo económico: los malos empresarios.

Si bien existen muchos casos para ejemplificar esto último, la coyuntura nos hace abordar dos: el de los empresarios que aportaron millones de dólares de manera clandestina a la campaña de Keiko Fujimori y la aparente negligencia de la administración de McDonald’s en el Perú que ha resultado en la trágica muerte de dos de sus jóvenes trabajadores.

En este punto, por interés político o simple ignorancia, algunos se animarán a decir que los eventos descritos son una consecuencia inevitable del libre mercado y la Constitución vigente –como se ha visto en las redes sociales–. Sin embargo, es todo lo contrario: estos casos representan una corrosión de los principios que dicho sistema (y cualquiera de sus verdaderos defensores) propugna. Y es que así como uno de sus objetivos es procurar que el Estado interfiera lo menos posible en las decisiones económicas de los individuos y las empresas, también lo es que estas se desarrollen de manera transparente, respetando nuestras instituciones y las reglas de juego.

En el caso de los aportes, por ejemplo, al pretender que estos pasen desapercibidos, y eligiendo entregarlos con reprobable sigilo, se prescindió groseramente de la transparencia. Ello tanto en perjuicio de los votantes, que no podían ver con nitidez quiénes habían solventado los esfuerzos electorales de una candidata, como de todos los grupos de interés (clientes, trabajadores, algunos accionistas, etc.) de las empresas involucradas. Irónicamente, buscaron salvar el modelo corrompiéndolo.

En el caso de McDonald’s, el aparente incumplimiento de las más básicas regulaciones de seguridad laboral, quizá por ahorrar un par de soles o a sabiendas de la ineficiente fiscalización que ejercen nuestras autoridades, también demostraría un quiebre de las reglas de juego y un empleo de la ‘pendejada’ para favorecerse, en esta ocasión, a costa de la vida de dos de sus empleados. Una situación que, al darse dentro de una firma formal, solo nos hace imaginarnos los peligrosos atajos que deben tomar los negocios informales que no son objeto de mayor escrutinio.

Se trata, en fin, de acciones que ocurren al margen de lo que el sistema pretende y si bien los responsables primarios son aquellos que buscan sortear lo que la ley manda, los secundarios son todas las autoridades que, por incompetencia o por unos solcitos, no cumplen con la importantísima responsabilidad de hacer que las reglas se cumplan. Y es que en el Perú, a diferencia de los que algunos creen, no nos hacen falta más regulaciones –tenemos muchas–, sino que se acaten las que existen.

En suma, así como nuestra izquierda criolla, con su discurso flamígero y vetusto, es enemiga del modelo, también lo son los malos empresarios y todos aquellos que, con sus acciones, carcomen la institucionalidad de nuestro país. Y es que el funcionamiento pleno de una economía de mercado que sirva a la ciudadanía se sustenta fundamentalmente en proteger y respetar el Estado de derecho, y esto implica salvaguardar los derechos consagrados en la Constitución –como a la vida y a la integridad física–, la lucha contra la corrupción y el cumplimiento de la ley.

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