El necesario equilibrio entre lo técnico y lo político

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El mejor y más efectivo programa diseñado para acabar con un problema específico de manera sostenible y en tiempo récord, que obviamente fue el producto de un arduo trabajo de los técnicos más capaces, podría fácilmente no llegar más allá del Power Point y la portada de unos cuantos periódicos.

Los técnicos encargados de diseñar dicho programa no entenderían por qué es que un grupo de políticos, analistas y en general la población no lo apoya si es tan efectivo y está tan bien hecho.  Se frustrarían llegando a pensar que aquellos que se oponen al programa no lo entienden porque no quieren o sobretodo porque no son capaces de hacerlo.

Que quede claro que este no es el caso de la derogada “Ley Pulpin”, la ley en sí misma partía de supuestos errados y no lograba nada de lo que supuestamente debía lograr, pero eso ya lo describí en una columna anterior.

El tema acá es por qué algo tan bien diseñado no llega a implementarse y se me ocurren varias razones: que en verdad el programa no esté bien diseñado o que esos técnicos se encerraron en sus oficinas y libro en mano desarrollaron modelos que indicaban que el programa era efectivo. Como un profesor mío dijo: “el excel y el papel aguantan todo”.

Se me ocurre también que la forma de comunicar a los supuestos beneficiarios es muy importante. Y es que una cosa es conversar con un grupo de personas, explicarles su problema y cómo es que pueden solucionarlo y otra muy diferente tratar de alterar sus vidas sin siquiera consultarles; y peor, pues si preguntan se les responde de manera prepotente que ya todo está calculado y decidido.

Es acá donde entran a tallar los políticos, los que deberían ser capaces de percibir la realidad, identificar sus problemas y plantear un objetivo que sea común a todos los ciudadanos. Ellos deberían ser los que “aterricen” los modelos y propuestas de los técnicos y al final los que se encarguen de que sean aplicados de manera exitosa.

Un gobierno que quiere ser exitoso debe asegurarse que la fuerza de los técnicos esté en equilibrio con la fuerza de sus políticos. De otro modo ocurrirá que hay grandes planes y proyectos que no llegan a ejecutarse.

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