El ‘outsiderismo’: ¿Síntoma o medicina?

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Queda clarísimo que los outsiders son un resultado evidente de nuestra política podrida, llegan como entes impolutos, ajenos a la cochinada que apesta desde las entrañas de los que ellos llaman: Políticos tradicionales. Se presentan como el cambio, tienen pasados ajenos a la política (en la mayoría de casos) y sin duda se ven bonito, son figuras frescas que parecen cargar con ellos la renovación y el oxígeno que tanta falta le hace a nuestro escenario, pero ¿son ‘remedios’ para curar una enfermedad o son un ‘síntoma’ más de la misma que continuará erosionando nuestra democracia?

Suena apocalíptico y hasta un poco traído de los pelos categorizar a los outsiders como algo malo y es que en esencia no lo son y queda clarísimo que lo que buscan es, indudablemente, el bien del país. Son soñadores, estrategas, técnicos, gente como usted y como yo que ven y se llenan de náuseas por la corrupción que marchita nuestras instituciones. Quieren cambio y se sienten en la responsabilidad de liderarlo. Pero cometen ciertos errores fundamentales y caen en uno de los problemas más graves de nuestra política: No construyen institucionalidad. La popularidad de los outsiders no viene por cuántas ideas hayan aportado al panorama político, no viene de una sesuda construcción de bases partidarias, no viene de la existencia de una ideología delimitada en los estatutos de su agrupación. La popularidad de los outsiders viene de sí mismos, del típico culto a la persona, viene de que es diferente, nuevo, carismático, ocasionalmente apadrinado por alguna figura pública de renombre y siempre con un plan infalible diseñado por un popurrí de técnicos que ‘el outsider’ (el técnico alfa) lidera. El ‘outsider’ habla de cambio pero termina por acoplarse al modelo político vigente: pseudo-partidos con fecha de expiración, falta de ideas claras (porque si no formas un partido sólido que en sí represente tus ideas eres simplemente un hombre con un plan) y la creación de un movimiento condenado a caer junto a su líder porque es un edificio sin cimientos. Visto así los outsiders son un cándido síntoma que contribuye a perpetuar la podredumbre.

Pero ¿Cómo pueden convertirse en una medicina? La clave está en la paciencia y en  trabajar poco a poco. El outisder tiene que lograr que el partido no sea él y que él no sea el partido. El candidato tiene que empeñarse en construir bases partidarias con gente que se asocie no a una ráfaga de inspiración, no  un tipo de buena labia y buen corazón sino gente que se asocie por amor a una ideología. Los planes son bonitos, suenan chévere, hacen que el candidato se vea preparado y lo más probable es que el candidato esté convencido de que ese plan va a salvar al país pero es fácil juntar un grupo de profesionales para esbozar un plan, cualquiera puede hacerlo, cualquiera puede diseñar un plan mejor y una vez que le quitas el ‘plan’ al outsider sin ideología ¿Qué queda? Simplemente un tipo con buenas intenciones. La clave está en que el outisder no tenga un plan sino una idea, un método; que no tenga un camino rígidamente construido sino un clara e inquebrantable forma de caminar, una forma de caminar que le permita enfrentar cuanto obstáculo se tenga al frente. Ese método, esa forma de caminar es la ideología. Si yo voto por un candidato con un plan voto por algo corto, efímero, cumplidor. Si yo voto por un candidato por su ideología voto por un estilo, por una forma de luchar contra la adversidad, voto porque me representa más profundamente que por el simple hecho de compartir conmigo el sentimiento de querer cambio, me representa porque me presentó una ideología con la que puedo relacionarme y con la que quizá siempre me relacionaré. Así y sólo así el outisder dejaría de ser un simple accesorio correctivo para ser una institución y con la formación de un partido desde sus raíces dejaría un legado al que uno puede volver a apelar. Así sí seria un remedio y no un síntoma, así sería algo nuevo y no lo mismo de siempre (sin mencionar que sería un gran paso para solidificar las instituciones políticas del país).

Muchos nombres han sonado como los posibles ‘outsiders’ para el 2016. Empresarios, profesionales, hombres preparados, gente ansiosa por contribuir al bien del país, pero ¿harán las veces de un síntoma a una enfermedad crónica formando partidos insulsos y ‘planes’ que morirán después de cinco años? O ¿Vienen con partidos sólidos y verdaderas ideologías que sobrevivirán las pruebas del tiempo? No es por ser fatalista, pero a mi la situación me huele a síntoma. Habrá que ver cómo va.