El pangolín y el coronavirus de Wuhan: de antigua creencia a la siguiente pandemia, por Daniela Daza

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Por Daniela Daza

Todos hemos escuchado sobre el coronavirus de Wuhan, que hasta el momento va cobrando la vida de más de 1,770 personas e infectando a más de 71,000.  A medida que el pánico mundial aumenta por el miedo a la siguiente pandemia, los científicos chinos siguen buscando el origen de este virus que, hasta el momento, se cree que proviene de los murciélagos. Asimismo, afirman que el virus tuvo que saltar a otra especie intermediaria, a un huésped transmisor, antes de infectar a los humanos y el pangolín parece ser la pieza clave de este esquema.

Muchos animales son capaces de transmitir sus virus a otras especies. Por razones desconocidas, cuando distintos animales se encuentran juntos, los virus pueden mutar entre ellos para formar uno nuevo, mucho más potente y mortal, capaz de infectar a otras especies que no tienen inmunidad contra él. Aunque no ocurre a menudo, este fenómeno puede darse en cualquier momento y en cualquier lugar. Parece la trama de una película de ciencia ficción, donde un virus patógeno infecta a los humanos y aniquila a la población entera. Esta de más decir que la realidad está muy lejos de aquel escenario, pero todavía es muy pronto para poder saber el alcance que va a tener el coronavirus de Wuhan en el mundo.

Hasta el momento, los estudios realizados no son concluyentes, pero a medida que la cifra de muertes sobrepasa los mil, la presión para dar con el origen del virus aumenta y es que es un paso imprescindible para poder crear la vacuna que termine salvando miles de vidas. Como se ha mencionado, se sospecha que el coronavirus saltó de los murciélagos al pangolín y luego mutó para infectar a los humanos. Si esto pudo pasar fue porque se dio el entorno ideal para que ocurra una mutación viral en los mercados mojados de China, donde las personas están en contacto con animales de distintas especies, tanto vivos como muertos. El punto de estos mercados es mantener a los animales vivos por el mayor tiempo posible, y así asegurar que están frescos. Se les guarda en jaulas diminutas y son sacrificados delante de los clientes. No se respetan las medidas de higiene y salubridad, convirtiendo a estos mercados en el lugar perfecto para que se propaguen enfermedades.

La pregunta y controversia reside en la especie transmisora intermediaria del coronavirus: el pangolín. ¿Cómo pudo contagiar a los humanos si es una especie en peligro de extinción y protegida por leyes internacionales? Por si no lo sabían, el pangolín es el mamífero más traficado en el mundo debido a la demanda insaciable del mercado chino por sus escamas. Se encuentra protegido por la Convención de Comercio Internacional de Especies Amenazadas, pero aquella protección no ha sido suficiente para resguardar su especie, y se cree que los pangolines son vendidos ilegalmente en los mercados mojados de China y Vietnam.

El consumo del pangolín reside en la antigua creencia de la medicina tradicional china de que sus escamas tienen poderes curativos. Las consumen para tratar distintas enfermedades: desde el asma hasta la artritis, problemas de reproducción y cáncer. En otras palabras, las utilizan para todo. A uno no le sorprendería que también las utilicen para curar la calvicie, adelgazar, y recuperar al ser amado. Lo último es claramente un mito, pero la verdad es que todas las creencias curativas otorgadas al pangolín son eso: mitos.

Numerosos estudios han afirmado que las escamas de pangolín no tienen valor medicinal alguno. Es más, el componente principal es la queratina, el mismo que se encuentra en las uñas humanas. Así que se puede afirmar que una especie está al borde de la extinción por un elemento que brinda los mismos beneficios que comer una uña. Lo trágico es que esta tradición va cobrando la vida de cientos de miles de pangolines cada año. Una creencia que probablemente sea la culpable de todas las muertes atribuidas al coronavirus.

El pangolín es un animal condenado a desaparecer de la faz de la tierra. El precio de sus escamas en el mercado negro asciende hasta $3,000 por kilo, y hasta el momento su consumo ha sido, además de innecesario, excesivo y desenfrenado.

Si efectivamente el pangolín sirvió como huésped transmisor, su consumo podría detenerse. Tal vez este acontecimiento se convierta en la llamada de atención para frenar el comercio ilícito, no solo del pangolín, sino también de todos los animales silvestres que son traficados cada año. Pero lo más importante es que este control no debería limitarse solamente a China. Basta con uno dé una vuelta por los mercadillos del centro de Lima para que se encuentre con aves amazónicas, monos, serpientes y diversos mamíferos, enjaulados en pésimas condiciones y ofertados como mascotas. Todas estas especies juntas entran en contacto con humanos, un escenario no muy distinto a los mercados mojados de China. A lo mejor el siguiente virus que emerja va a ser mitad anaconda y mitad mono.

El coronavirus de Wuhan es la llamada de atención para todos los países sobre el peligro que representa el tráfico ilícito y cautiverio de animales silvestres. Es el momento de tomar medidas drásticas en contra de su comercio y venta. Los espacios confinados con distintas especies juntas son una bomba de tiempo, esperando a estallar con la siguiente pandemia. Si se sigue así, no es cuestión de si va a pasar o no, sino de cuándo. Y si algo se puede inferir de todo lo que está sucediendo es que el mundo no está preparado para controlar un brote viral.

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