El paraíso que no estamos viviendo, por Juan Diego Llosa

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En los últimos tiempos nos han vendido el concepto de democracia como un cuento de hadas, como el paquete perfecto que te garantiza igualdad y libertad. No quiero ser malinterpretado, pero me voy a arriesgar a desmentir el paraíso de justicia que nos venden como democracia.

Cuando hablamos de seres humanos es muy complejo asegurar que una forma de gobierno nos puede envolver a todos con éxito. No hay un camino ideal para todos, según nuestras culturas, pensamos diferente, somos diferentes.  Cada persona es un mundo y a veces las decisiones no son tan simples como decir sí o no, hay varios matices que se ajustan a distintas situaciones.

Antes de analizar si la democracia es efectiva o no, es necesario hacernos la siguiente pregunta: ¿vivimos en una democracia? El diccionario nos dice que la democracia es el sistema político que defiende la soberanía del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes. A simple vista, la respuesta es sí. Los peruanos mayores de edad tienen la libertad de ir con su DNI a elegir a su candidato favorito.

Pero si somos libres, ¿por qué estamos obligados a votar? ¿Dónde está nuestra libertad de decidir no acudir a votar? Acá empieza el problema. Si no fuera obligatorio votar, las personas que votarían serían las que estén interesadas en las propuestas de su candidato, pero si todos están obligados a votar, probablemente gane el candidato más «simpático» o el que más víveres done.

Otro punto es: ¿existe la manipulación de votos en nuestro país? Si la respuesta es sí, ya no cumplimos con los requisitos para ser una democracia, porque la soberanía no la tendría el pueblo sino la corrupción.

Ninguno de los últimos tres presidentes del Perú ha superado el 50% de aprobación tras terminar su mandato. Esto nos lleva a hacernos otra pregunta: ¿sabemos elegir a nuestros representantes?  Se dice que la democracia sin educación es una gran mentira, ¿cuántas personas votan sin conocer a los candidatos?

El análisis que he hecho hasta ahora responde solo a la definición de democracia que nos da el diccionario, pero yo creo que la democracia no solo consiste en la soberanía del pueblo para elegir a sus representantes, sino en un gobierno participativo.

En el 2015  la revista The Economist hizo una lista de los países más y menos democráticos. Los factores de evaluación eran la libertad civil, la funcionalidad de gobierno, la participación política y la cultura política. Uruguay y Costa Rica fueron los únicos países latinoamericanos clasificados como democracias plenas.

Perú fue clasificado como una democracia imperfecta, es decir, un país con elecciones libres, pero sin cultura  ni participación política. Por último, estaban clasificados como regímenes híbridos Venezuela y Honduras, en estos países no se respeta la democracia en absoluto, ni en las elecciones.

Noruega fue elegido como el lugar en donde mejor funciona la democracia en el mundo. Este país ha tenido siempre una relación de cercanía entre la política y la población. Es indudable que esta forma de gobierno sí es efectiva para ellos.

Cuando empecé el artículo pedí no ser malinterpretado. Estas líneas no forman parte de un manifiesto marxista, creo que ha quedado demostrado a lo largo de la historia que el comunismo tiende a fracasar y crea una sociedad mediocre. La metáfora del niño que estudia y tiene que repartir sus calificaciones con el que no estudia explica claramente el porqué del fracaso comunista.

A lo que quiero llegar es que podemos estar siendo engañados, el opuesto de la democracia no es necesariamente un asesino apuntándonos en la cabeza. No podemos rechazar y tildar de malos todos los métodos antidemocráticos.  Pienso que hay países dignos de imitar (en algunos aspectos) que tienen otras formas de gobierno. Algún mérito debe haber tenido China para sacar a más de 500 millones de personas de la pobreza extrema.

Yo sí pienso que la democracia es la forma de gobierno que mejor se ajusta a los planes del Perú, pero también pienso que no somos un país que practica la democracia del todo. La cuestión está en entender que no hay un modelo ideal, que no todos los países funcionan igual y que el respeto y el bien común tienen que estar presentes en cualquier plan de gobierno.

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