El payaso y los cristianos (I), por Daniel Masnjak

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Soren Kierkegaard narra a modo de parábola la historia de un circo que ardía en llamas. El payaso, que ya estaba vestido para ejecutar su número, corrió al pueblo más cercano para pedir ayuda. Al llegar, por más que gritó y lloró, nadie le hizo caso. Todos rieron y aplaudieron, creyendo que era un truco para llevarlos al espectáculo. Finalmente, el fuego también consumió al pueblo. Joseph Ratzinger/Benedicto XVI afirma que el teólogo moderno es como el payaso. Todo lo que diga quien viste como escribano del siglo XVI suena conocido, superado. Aún peor: a diferencia del payaso, aunque se quite el traje, el teólogo no puede ser tomado en serio en la ciudad secular[1]

. Y si el mundo considera que no vale la pena oír al cura sin sotana, lo mismo va para el laico, que no usa una y se supone predica lo mismo.

¿Es real el incendio o “los religiosos” somos solo unos cavernícolas, que acostumbrados a la oscuridad se asustan ante las luces y las confunden con fuego? Para empezar, ¿tiene sentido plantearse esa pregunta entorno a “los religiosos”? El ateo, por ejemplo, suele utilizar la expresión como si él fuera observador desvinculado en un videojuego (¿Age of Mythology?), donde varios pueblos adoran diferentes deidades y se enfrentan unos a otros. Esos pueblos serían el grupo de “los religiosos”, que además son diferentes por fuera, pero esencialmente iguales, como las fichas de un tablero de damas chinas, que solo se diferencian por su color.

Sin embargo, en la tradición cristiana, quien se proclama ateo en general califica como un pagano. Un ateo puede ser, sin notarlo, adorador del dinero, el río, el árbol,“la humanidad”, el superhombre, la clase, la raza. Algunos están dispuestos a matar por el dios Estado o por “la ciencia”. No usan incienso en sus ritos, pero los tienen, y se desviven por lograr conversiones. Algunos usan uniforme, pero como no lleva alzacuellos creen que observan todo desde afuera. Como diría Gilson, “un mundo que ha perdido al Dios cristiano tiene que ir asemejándose al mundo que no lo conoció”[2], al mundo de Tales, lleno de dioses. Curiosamente, los primeros cristianos eran considerados en ocasiones ateos por no anclar a Dios en un punto del mundo, como una montaña o cosa por el estilo.

El paganismo, aun el que se proclama ateo, también puede ser llamado religio. Los romanos no tenían que creer en los dioses del panteón, su única obligación era cumplir con los ritos. Las religiones no son fichas de damas chinas. Al contrario, se parecen por fuera, pero es en el fondo donde se distinguen. “Los religiosos” es una expresión imprecisa, utilizada con fines retóricos para referirse a sistemas de creencias y ritos no secularizados, aun cuando en los sistemas seculares persista un compromiso que bien podría llamarse “religiosidad laxa”, una sin trascendencia. Habiendo dicho eso, en esta y la próxima columna abordaré la pregunta del inicio, desde la perspectiva del cristianismo. ¿Se está incendiando la ciudad secular o son solo las luces encendidas hace tres siglos, brillando más que nunca?

La pregunta tiene una idea implícita: hay algo que en la Iglesia identificamos como un incendio en el mundo moderno. Ese algo es el olvido o muerte de Dios, particularmente en la esfera pública, que desde la perspectiva cristiana lleva al paulatino olvido y muerte del hombre. En otras palabras, la secularización es lo que está en cuestión.

En la Edad Media, el ideal político giraba en torno a la construcción del reino de Dios en la tierra, bajo la forma de Sacro Imperio. Se quería construir una especie de inmensa fortaleza en cuya cumbre estuviera la sede de Dios, proyecto ante el cual se sacrificaba todo. Lo profano se subordinaba a lo sagrado[3]. Con los cismas de inicios del mundo moderno y el fracaso del proyecto imperial, los nacientes Estados intentaron salvar la mixtura de lo espiritual y lo temporal, muchas veces invirtiendo la subordinación. Es el caso de la inquisición española o el real patronato, ambos instrumentos políticos de la monarquía peninsular. Hasta entonces lo trascendente, que en el mundo cristiano refiere a Dios, seguía teniendo lugar en el espacio público.

Sin embargo, entrada la Edad Moderna, ese espacio comenzó a perderse. Como explica Rémi Brague, la comunidad política empezó a entenderse como sociedad. Tradicionalmente, societas había sido la palabra para referirse a lo que hoy llamaríamos compañía, un grupo de personas que se une por cierto interés común. La comunidad ya no es polis, civitas o la communitas perfecta de santo Tomás. Los miembros de la sociedad son como jugadores en torno a una mesa, que actúan en un espacio puramente humano y no pueden admitir algo que pretenda superioridad. Eso hace que la sociedad sea secular, de este mundo, y por eso quien la domina suele ser una élite que asegura tener tal pericia en el juego como para conseguir resultados útiles para todos[4]. Es secular la sociedad que da la espalda a lo trascendente o que lo esconde en la escena pública. Ahora, ¿alertar sobre los riesgos de esa concepción es exigir la desaparición de la laicidad, el regreso al medioevo? No, pero eso en la próxima columna.

[1] RATZINGER, Joseph. Introducción al cristianismo.

[2] GILSON, Étienne. Dios y la filosofía.

[3] MARITAIN, Jacques. Humanismo integral.

[4] BRAGUE, Rémi. The impossibility of a secular society.