El payaso y los cristianos (II), por Daniel Masnjak

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La crítica a la secularización no es la crítica a la distinción entre lo temporal y lo espiritual, por una razón muy sencilla. La Iglesia Católica es una institución que ha perdido poder terrenal, pero que, paradójicamente, se ha fortalecido con ello. Cuando la religión está presente en todas las esferas de la vida, la fe es más fácil, pero corre el riesgo de perder su contenido. Cuando pierde terreno, se hace rara, pero también más vigorosa y capaz de captar lo realmente importante[1]. Se acabaron los tiempos en que la ortodoxia servía de base para la estabilidad política, pero con eso se fue también la influencia del rey o del presidente en la designación de los obispos.

Respondiendo a la pregunta planteada en la primera parte, el incendio de la ciudad secular es real. Cuando se trazó la línea entre Iglesia y Estado, quedó a libertad de cada uno lo religioso en el sentido más estricto. No es obligatorio confesarse, comulgar, ir a misa o creer en el nacimiento virginal. Sin embargo, se creyó que era perfectamente posible tener un gobierno secular (de este mundo, sin trascendencia) que afirmara cosas tales como la dignidad intrínseca del ser humano. El problema llegó cuando el considerar al hombre solo desde lo que vemos y medimos fue llevado hasta sus últimas consecuencias por algunos filósofos influyentes del siglo pasado, llegando a que no existe la naturaleza humana y la vida no tiene un sentido. Entonces, no solo las religiones deben quedar fuera de la escena pública de la ciudad secular, sino toda otra “doctrina omniabarcante”, toda concepción sobre “la existencia, el universo y el misterio de la vida”, pues eso lo escoge cada uno.

Ante hechos como los acontecidos en París el mes pasado, mucha gente prefiere pensar “¡Oh! ¡Han hecho esto en París porque es la capital de la secularización!”, pero esa reflexión no explica cómo lograron los terroristas actuar de la forma en que lo hicieron. Estado Islámico no es el Califato de los Omeyas que enfrentó a Carlos Martel. No son extranjeros invadiendo, sino que tiene militantes que son parte de las sociedades occidentales, con pasaportes y todo. En otra columna se ha mencionado a los hermanos Kouachi. También está el caso de Hasna, la chica encontrada con el cerebro de los hechos del viernes trece. Siempre vivió apartada del islam y usó velo solo después de ser captada por ISIS[2]. Hay más de tres mil extranjeros que se han unido a grupos yihadistas en los últimos años[3]. Lo que debemos preguntarnos es cómo logran atraer a jóvenes criados con la maravillosa miel de la autonomía.

Si el corazón de la libertad está en que cada uno defina el significado de “la existencia, el universo y el misterio de la vida”, ¿realmente podemos reclamar algo a los terroristas? En la cultura donde todos los sentidos de la vida dan lo mismo, tenemos unas personas que escogieron uno sangriento. Pero si no hay sentido de la vida es porque no existe lo humano, lo cual tiene como consecuencia que lo ocurrido en Francia no pueda ser llamado inhumano. A lo mucho podríamos decir que no estamos de acuerdo o que nos afecta. Pero no estar de acuerdo no es suficiente para impedir que alguien haga algo o sancionarlo. ¿Y el que nos afecte si es suficiente? ¿Acaso “vive y deja vivir” no presupone que hay algo en el otro que demanda respeto? ¿Y creer en esa dignidad intrínseca no constituye una concepción particular de “la existencia, el universo y el misterio de la vida”, una referencia a la naturaleza humana, una de esas doctrinas que debíamos mantener lejos de la escena pública?

No podemos condenar el sentido que dan a sus vidas esos chicos bomba sin contradecir la filosofía sobre la que se basan los proyectos de reingeniería social que vemos en marcha hoy en día. Y el incendio no se trata solo de occidentales hechos terroristas islámicos, también vemos gente que sostiene que el dinero destinado a cuidar niños con síndrome de Down debería usarse para salvar especies en peligro de extinción, o que los niños (nacidos) muy pequeños, no son personas, son eliminables[4]. No se puede retirar de la discusión pública a las referencias a lo trascendente, a Dios, de lo contrario las virtudes se vuelven locas (lo que no implica obligar a creer). La sociedad termina como un motor que quedó sin aceite y que se mantiene operando por un tiempo, pero a costa de quemar sus partes.

Nadie podría negar hoy las patologías de la religión, pero ¿acaso tiene sentido insistir en que no hay patologías de la razón? ¿No ha crecido nuestro poder para construir a la par del poder para destruir? Tal vez el punto del que debamos partir para buscar el equilibrio es aquel en el que convergieron el filósofo ateo Jürgen Habermas y el entonces cardenal Ratzinger en la discusión que sostuvieron en enero de 2004. Para Habermas, las tradiciones religiosas (aunque falsas) son útiles para la consolidación de la civilización y la democracia. Ello por las “intuiciones” reveladas, como la igual dignidad de los hombres, que según él, el secularista no debe desechar de saque[5]. Esa visión utilitaria es distinta de la postura de la Iglesia, ciertamente, aunque ella, contra lo que muchos creen, no pretende volver al Sacro Imperio o ser mascarón de proa del Estado. “Siéntate y cállate” ya no es una opción para nadie.

[1] GUARDINI, Romano. El fin de la modernidad.

[2] Ver en: http://www.religionenlibertad.com/hasna-la-yihadista-de-saint-denis-no-iba-a-la-mezquita-46125.htm

[3] Ver en: https://actualidad.rt.com/actualidad/187038-miles-extranjeros-unieron-estado-islamico-siria-irak

[4]DEL BARCO, José Luis. En SPAEMANN, Robert. Personas: Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”.

[5] PORTIER, Philippe. Religion and Democracy in the Thought of Jürgen Habermas.

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