El pilar de una república, por Adrián Torres John

«Mientras que una de las partes observa y lamenta los estragos producidos por sus antagonistas electores, estos últimos, sin dejar de deplorar todo cuanto el presente gobierno hace mal, intentan defender su decisión afirmando que “con Keiko estaríamos peor”».

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El término “república” es utilizado de distintas maneras: para darle mayor peso a un discurso presidencial o para aludir a un conjunto de valores e ideales de índole política. En realidad es un concepto muy complejo. En el caso del Perú, las constantes reflexiones sobre si somos actualmente o no una república siguen presentes en el mundo académico.

Sin embargo, seámoslo o no, el consenso indica que aún queda mucho por hacer en aras de poder instaurar en el país todo lo que este concepto abarca, tales como la garantía de libertades individuales, el apunte hacia el bienestar ciudadano total (lo que comprende el tener acceso a elementos fundamentales como la educación y la salud), el Estado de derecho, entre otros. En todos estos principios destaca el de la unión de los ciudadanos bajo un mismo estandarte de hermandad y nacionalismo.

Cuando llegó la expedición libertadora al Perú, liderada por don José de San Martín, y desembarcaron en Paracas una mañana del siete de septiembre de 1820, una parte del Virreinato del Perú se encontraba dividido en dos bandos. De un lado se encontraban los separatistas o independentistas, quienes abogaban por una independencia total del territorio con respecto a la metrópoli española. Por otra parte, los realistas eran aquellos que defendían la mantención del régimen virreinal, con la condición de que este se enfrentara a un conjunto de reformas.

Lo cierto es que los segundos eran, en cantidad, mucho más que los primeros. Fue únicamente a raíz de la llegada de los libertadores, fruto de una oleada de independencias que habría en el continente —siendo Perú el penúltimo país en el que se concretó esta transición de cambio de régimen, solo encontrándose antes que Cuba—; que el período virreinal terminaría, dando paso a la etapa republicana el veintiocho de julio de 1821.

No obstante, esta división entre independentistas y realistas incluía solo a una parte de la sociedad peruana. Hubo un conjunto significativo de personas que vivían en el territorio que, en realidad, se encontraban totalmente desconectados de lo que ocurría. Únicamente cayeron en cuenta de la nueva situación tiempo después de que la independencia ya se hubiese consumado.

Una de las razones de ello era la falta de medios de comunicación como los que existen hoy en día. Sin embargo, otra causa era la significativa falta de interés que existía entre los peruanos de conocerse entre sí, entenderse o reconocerse. Por lo general, para el peruano de la costa, aquel que vivía en la selva prácticamente no existía, o, de plano, no le interesaba.

Doscientos años después, evidentemente el panorama es distinto, pero el problema persiste. Las últimas elecciones presidenciales —en especial, durante la segunda vuelta—, más que un acontecimiento que celebrar, fue un proceso que sumió al país en una evidente división entre dos polos, cada uno con sus razones particulares.

Esta escisión se ha mantenido incluso después de la juramentación. Mientras que una de las partes observa y lamenta los estragos producidos por sus antagonistas electores, estos últimos, sin dejar de deplorar todo cuanto el presente gobierno hace mal, intentan defender su decisión afirmando que “con Keiko estaríamos peor”.

Ante este escenario surge la necesidad de una figura o un grupo de personalidades en el gobierno que establezcan diálogos entre los diferentes sectores de la sociedad peruana, que comprendan y tengan en cuenta las necesidades, reclamos, proyectos e intereses de todos, y que apunten a seguir desarrollando el proyecto republicano aún no concretado. Esto incluye, evidentemente, que el gobierno priorice el bienestar común y el avance del país por encima de los deseos de unos pocos. A eso se le llama “espíritu de servicio”.

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