El primer drag, por Javier Ponce Gambirazio

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Cuando muere un amigo, se le llora dos veces. Por su ausencia y por no haberle dicho cuánto se le quería. Con Jossie Tassi el llanto fue distinto. Desde que aparecía, todo se convertía en celebración del desenfado. Yo lo adoraba en castellano y él me gritaba su amor en inglés. Comenzó siendo burbujito y terminó imitando a Yola Polastri en su propio programa. Algo que nadie se hubiera atrevido a hacer. Solo él, un terremoto de encanto y talento a quien se le perdonaba todo. Era un animal escénico. Actor, bailarín clásico y patinador. Todo lo hacía bien. Por eso, cuando incursionó en el transformismo, su presencia desató una verdadera revolución.

Las artes visuales nacen como registro de la realidad, pero luego renuncian a ese propósito y generan un lenguaje propio que da la espalda a lo real. Siguiendo la misma dialéctica de la pintura, el transformismo empezó copiando a las mujeres, pero luego se decantó por la creación de códigos extra-cotidianos que no pretendían la imitación. En el Perú, la primera señal la dio Javier Temple con su anti-vedette que se alejaba de la belleza convencional, prescindía de rellenos y se dejaba la barba para actuar.

Sin embargo, el primero en abandonar por completo el realismo y sumergirse en el expresionismo fue Jossie Tassi. Una explosión que destrozó los esquemas. El maquillaje dejó de luchar contra la dureza de sus rasgos y más bien los puso en evidencia. Sus imposibles pelucas crecieron descomunalmente y su cuerpo desechó la delicadeza para agitarse con la fuerza de un acróbata y la belleza de un bailarín. Cada aparición suya era un viaje a una dimensión, hasta ese momento desconocida. Las denominaciones y etiquetas vendrían después. Estamos hablando de fines de los ochenta del siglo pasado. Rupaul’s Drag Race tardaría todavía veinte años en aparecer.

Jossie Tassi fue el primer Drag-Queen. Y a partir de él, las cosas no volvieron a ser las mismas. Pero como sucede con toda propuesta novedosa, generó desconfianza, miedo y rechazo. Los mismos compañeros de escena lo veían como una amenaza. Nadie podía seguirle el paso. Como resulta más fácil destruir lo nuevo que hacer un esfuerzo por entenderlo, lo ningunearon con críticas y sus contratos desaparecieron. La lucha eterna entre los conservadores y la cultura que procura avanzar. La mediocridad ganó esa batalla y su genialidad fue condenada a las sombras.

A veces la victoria llega cuando ya no sirve de nada. Años después, Juan Carlos Ferrando interpretó desde la estética cómic a una valquiria cuyas trenzas se elevaban cada vez que la voz de Yma Sumac alcanzaba notas altísimas. Una hermosa caricatura. Pero el Drag-Queen abstracto, como lo conocemos hoy, apareció por primera vez este siglo con Tanye y su personificación de Diva Plavalaguna del Quinto Elemento.

Marginal entre los marginales, nuestro Jossie se quedó solo, aislado e invisible. Viendo cómo su trayectoria se esfumaba entre el mal agradecimiento y la ignorancia. Los locales le dieron la espalda y el artista que había hecho posible ese brutal cambio no fue integrado en el nuevo escenario que brillaba plagado de jovencitos que, convencidos de haber inventado algo, ignoraban que lo copiaban. Pero él no aspiraba a reconocimientos o medallitas. Solo quería trabajar.

Esa personalidad que no se detenía ante nada, política sin saberlo, imponente y magnífica fue tragada por las sombras del menosprecio limeño. Y quien nos regaló la poca felicidad que nos permitían, una noche volvió a travestirse de ruptura y terminó con su vida por su propia mano. Descansa en paz, querido Jossie.

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Foto: ARCHIVO PONCE