El primer gran error, por Pablo Ferreyros

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Donald Trump decidió ayer sacar a su país del TPP, un acuerdo multilateral de libre comercio que incluye al Perú. Para muchos, es el primer signo de que la tendencia hacia el proteccionismo económico que caracterizó su campaña se trasladará a su forma de gobernar. Esto no sería nada positivo, ni para Estados Unidos ni para el mundo.

No todos los países son igual de buenos en todo. Condiciones como el clima, los factores productivos disponibles y la tecnología hacen que sean mejores en distintas actividades. Si tuvieran que producir por si solos todo lo que necesitan, tendrían que dedicar parte de su capacidad a aquello que no hacen tan bien. El comercio internacional, en cambio, permite que se enfoquen en aquellos rubros en que son mejores. Aumenta, así, la productividad global y la cantidad de bienes y servicios disponibles. Esto fue comprobado ya en el siglo XIX por el economista británico David Ricardo.

Cuando un bien es más barato en el mercado internacional que en el doméstico, se importa. Cuando es más caro, se exporta. En el primer caso se benefician los consumidores y pierden los productores. En el segundo, son estos últimos los que ganan. En ambos casos, no obstante, aumenta la cantidad disponible del bien. Más personas pueden acceder a él y el beneficio es mayor a la pérdida. En agregado, se gana.

¿Y qué hay de quienes pierden? Pues esta condición se mantiene solo en el corto plazo. La apertura al comercio internacional, si bien lleva a que los sectores que compiten con las importaciones se contraigan, también ocasiona que los sectores exportadores se expandan.  La economía del país simplemente se reajusta para, como ya dijimos, dedicarse a aquello en lo que es mejor. El empleo -que, de hecho, crecerá junto con la economía- pasará a los sectores que se expandan. Y estos, al ser más productivos, presumiblemente pagarán mejores salarios.

El comercio internacional, asimismo, lleva a una economía más conectada con sus propios recursos. Hecksher y Ohlin, economistas suecos, demostraron a inicios del siglo pasado que los bienes que se exportan son los que requieren con mayor intensidad los factores productivos que en el país son abundantes. Lo ocurrido en el Perú es buen ejemplo de ello: tras la apertura comercial de los noventas, dejamos de ensamblar piezas importadas a cambio de beneficios fiscales para desarrollar una industria que genere encadenamientos productivos a partir de nuestras materias primas. Esto fue parte clave del crecimiento económico que vino a continuación.

Lo que lograrían políticas arancelarias como la propuesta por Trump, en primer lugar, es aumentar los costos para los consumidores y reducir la cantidad disponible del bien. Esto afectaría en particular a quienes tienen menor poder adquisitivo. Asimismo, generarían distorsiones en el mercado que llevarían a dedicarse a actividades con mayor costo de oportunidad que las actualmente realizadas. Esto, a su vez derivaría en una pérdida general de productividad para Estados Unidos.

Al respecto, Mark Perry, economista estadounidense, publicó recientemente información (mostrada abajo) sobre el costo que tendrían estas medidas. Solo en la industria automotriz, por citar como ejemplo el fetiche de Trump, el costo que asumirían los consumidores anualmente por cada puesto de trabajo -artificialmente- creado sería de 230 mil dólares. Las pérdidas totales, por su parte, ascenderían a 5’800 millones de dólares cada año.

A veces es difícil distinguir quién es peor, si Trump o el sector más bullicioso de sus críticos. No por ello, sin embargo, puede dejar de señalarse siquiera uno de sus varios errores. Ni el desempleo representa un problema mayor en EEUU (apenas llega al 4.9%), ni las medidas proteccionistas ofrecerían una solución en caso lo fuera. Pero Trump, en este aspecto, se parece a nuestra izquierda: desconoce el funcionamiento de la economía y pretende manejarla por decreto. Sabemos -he aquí otra similitud- que no es muy apegado a la evidencia. Esperemos, sin embargo, que esta vez sí la tome en cuenta.

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Los costos del proteccionismo. Gráfico de Mark Perry, académico de la Universidad de Michigan.

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Nótense, sin pretender que por si solas sean ejemplo suficiente, las correlaciones del caso peruano. Tras la apertura comercial de los 90s, el PBI -sin duda, apuntalado también por las otras reformas- crece apreciablemente. Por su parte, el desempleo, contrariamente a un extendido tópico del proteccionismo, cae a casi la mitad (Fraser Institute, Banco Mundial).