El primer ministro, los partidos y las ideologías, por Federico Prieto

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Se habla mucho de la crisis democrática pero poco de sus expresiones más actuales, como son para los peruanos la figura del primer ministro, la naturaleza de los partidos políticos y el impacto de las ideologías.

El presidente del consejo de ministros.- El desempeño ordinario del primer ministro ha sufrido cambios en la práctica. Ya no es un primo inter pares con un sector a cuestas, sino un primer ministro a secas, con un paquete abultado de organismos desconcentrados y aparentemente autónomos por administrar. Tiene, por encima, el papel que en otras democracias ejerce un vocero de gobierno, que nosotros no tenemos. Y hace el papel, tantas a veces deslucido, de coordinador de los demás ministros de estado. Su ingreso requiere de un voto de confianza parlamentaria y su salida se debe a desencuentros con el presidente de la República, a una censura parlamentaria o a su desgaste en el cargo. Pero no tiene el atractivo de ser un gobernante. Es un secretario de estado, como dicen en otros sitios, como Estados Unidos y el Estado Vaticano, pero sin la fuerza y el poder que en esos lugares tiene. En el Perú es un simple equilibrista, bombero y compañero de los altibajos del jefe del Estado. El remedio a esa figura pálida sería crear la figura del jefe de gobierno, separada de la del jefe de estado, copiando (bien) de la Quinta República Francesa, con las diferencias que reclama el hecho de que Francia es Francia y el Perú es el Perú.

Los partidos políticos.- Hay dos tendencias en las ciencias políticas: pensar que el tiempo de los partidos políticos está terminando o creer que todavía podemos resucitarlos. Entre los primeros está el jefe de campaña del presidente argentino, que ha escrito un libro al respecto. Entre los segundos están, lógicamente, quienes conducen hoy los partidos políticos, también en el Perú y a pesar de la fuerza desigual que tiene cada uno, tanto los tradicionales como los nuevos. Yo creo que la democracia liberal de partidos políticos no concuerda con leyes anti-tránsfugas, por la misma naturaleza de las cosas. En una democracia las elecciones eligen mandatarios pero no los amarran a sus promesas, porque en esos casos casi todos irían cayendo en desacato y perdiendo sus puestos legítimamente ganados en las urnas. Una es con guitarra y otra con cajón; y así lo hemos entendido siempre. Lo mismo pasa con los donativos para las campañas electorales, que nunca se pueden controlar bien porque, hecha la ley hecha la trampa.  No veo por ahora una medicina adecuada para los partidos por lo que me temo que la democracia va a variar sus reglas de juego para funcionar con simples listas electorales, con todas sus consecuencias.

El impacto de las ideologías, correcta o incorrectamente políticas.- Las últimas décadas nos hemos encontrado con la influencia de los cabildeos empresariales, los grupos de presión y los organismos no gubernamentales, siempre portadores de ideologías, entendidas como conjunto de ideas al servicio de intereses subalternos. Su fuerza es tal que desacredita a los mandatarios democráticos como portadores de la voluntad popular en el estado, creando la figura ficticia de sociedad civil, que no se opone a sociedad eclesiástica, militar o gitana, sino… ¡al estado, precisamente manejado por representantes democráticamente elegidos por el pueblo, es decir, por la sociedad civil! Un contrasentido. Eso nos lleva a pensar que la democracia, nacida en países cristianos que tenían como fundamento humano la ley natural, ha suplantado el derecho natural –que todos debían respetar- por el positivismo relativista, la libertad de las conciencias cristianas por la libertad absoluta y radical de la conciencia subjetiva luterana, dejando de paso a la verdad objetiva fuera de juego, lo cual pone a los habitantes del país en una duda política total de sus existencias.

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