El pueblo de Hladík: una ficción real, por Manuel Bryce

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Habían pasado años desde que aquel joven había empezado a rememorar y reflexionar cual Hladík en la magnífica obra, “El Milagro Secreto”, de Jorge Luis Borges. Recreaba una tormenta perfecta. Agotaba toda profecía oscura y mala cosecha como si, quien la pensara, estuviera en la capacidad de evitar su manifestación. Una, y otra vez.

La vida que lo acogía despertaba aún más su imaginario, y con esas mismas ganas de revertir su sendero levantaba la frente y volvía a caminar. Día y noche, noche y día. En esos viajes al futuro; un futuro brillante, por cierto; imaginaba un pueblo, su pueblo, y en el cual le hubiese gustado nacer, y por que no, criar a sus hijos. Sabía que, si bien lo primero era irreal, lo segundo poco tenía de falso.

Era por ello que imaginaba, y andaba para adelante con más ideas que recursos, como quien trabaja por veinte soles diarios para mantenerlas con vida, como quien posterga algunos minutos de sueño por hambre, como quien mea en una botella para poder construir un camino, camino de cemento y no de adobe y quincha, como alguna vez habría imaginado su madre el día que lo parió.

En esos vaivenes reales y tristes, contemplaba una irrealidad, en efecto y valga la redundancia, irreal pero mejor. Una irrealidad símil a la real, pero distinta. Evitaba en esta, la existencia de la maldad y como tal la depositaba y mantenía en su lugar. Las mejores ideas prevalecían. Las cosechaba él y él mismo podía desecharlas. ¿Quién hubiese imaginado trasgredir y desnaturalizar su imaginario con alguna otra de menor semblante a algún precio? Tal idea era nada menos que una vulgaridad de menor valía y digna de desecharse. La avaricia en el imaginario pierde sentido, pues en un mundo de ideas y únicamente de ellas, las mejores prevalecen a ningún costo.

En esta esfera ridículamente surreal no había quien impunemente abusara de la inocencia para desfilar luego campante, no había tampoco incrédulo ni avaricia que lo avalase, ni juicios de género, ni condenas obtusas. Ello que imaginaba lo presidia él, y como tal optaba por no abandonar nunca el camino por coger la vereda. La vida nunca le había sido fácil, y las decisiones que tomaba no conducían a ningún posible escenario mejor. Eran correctas en sí mismas. Así creció y así se forjó, como hombre de bien, en casa.

A diferencia de Hladík, no obtuvo la gracia divina para concluir su obra maestra. No se le concedió el año ni los años para terminar su labor. Quizás Dios pensó que otros ayudarían en tal cometido. Quizás, no exista ningún Dios. Al igual que Hladík, murió atrapado el 22 de junio del año 2017.

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