El reto de la santidad, por Alfredo Gildemeister

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Recuerdo que cuando de niño, la monjita que enseñaba clase de religión en mi colegio nos leía esa parte del Evangelio que dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz de cada día y sígame. Pues quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Porque, ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo o sufre algún daño?…” (Lucas 9, 23-25). Cuando escuchaba esto me asustaba un poco y ¡me imaginaba cargando una pesada cruz todos los días de mi vida! Peor aún cuando la monjita nos repetía esa exigente frase de Jesús a sus discípulos en el Evangelio de San Mateo: “Sed pues perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 6, 48). Y la monjita nos decía que todo cristiano debía ser santo y que solo los santos entrarían en el Cielo. Ante este panorama tan difícil, solo me quedaba exclamar como los discípulos de Jesús: “Dura es esta enseñanza ¿Quién puede escucharla?” (Juan, 6, 60) y cuenta el mismo evangelio de San Juan que muchos de sus discípulos se echaron atrás y no andaban ya con él. Bueno, yo no quería echarme atrás como algunos de los discípulos. Me gustan los retos, pero reconocía que esto de la santidad se presentaba muy difícil por no decir imposible. ¿Cómo diablos un ser humano vulgar y silvestre como yo, lleno de defectos y alguna que otra cualidad, va a llegar a ser perfecto como Dios? ¡Eso es imposible! ¡Vaya pretensión! ¿Tendría que hacerme cura o fraile religioso cuando fuera mayor? A lo mejor, pero yo no quería ser cura ni fraile. Entonces, ¿Cómo hacer si un cristiano común y corriente de la calle, quiere alcanzar la santidad, y por ende el Cielo? ¿Encerrarme en un monasterio? ¿Irme al desierto a vivir en una cueva? ¡Vaya dilema!

Recientemente el Papa Francisco ha publicado la exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate – Sobre el llamado a la santidad en el mundo actual”. En este hermoso documento, Francisco expone brillantemente qué hacer precisamente para alcanzar esa santidad que el mismo Cristo nos exige en los evangelios. “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada” nos dice Francisco, con esas palabras tan típicas de él. “Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez mas el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades”. Y con palabras sencillas nos explica a lo largo del documento como esto de la santidad no es tan complicado ni difícil. No hay que desalentarse cuando uno ve modelos de santidad que parecen inalcanzables. Cada uno en su camino, no se trata de copiar a los grandes santos “porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él, y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él”.

De allí que, tal como ya lo proclamara San Josemaría Escriba de Balaguer desde 1928, la santidad deberás de buscarla allí donde te encuentres, donde Dios te ha puesto: en tu trabajo, en la política, en la familia, con tus hijos, esposo o esposa, con tus padres o con tus amigos, en tu vida social, etc. y no necesariamente en un convento. Dice Francisco: “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada sólo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con el amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde uno se encuentra… ¿Estas casado? Se santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con su Iglesia. ¿Eres un trabajador? Se santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Se santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Se santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (14).

Como se puede apreciar, la santidad se puede alcanzar allí donde te encuentres, allí donde se encuentren tus amores, tus legítimos intereses, tus negocios, tu trabajo, tu vida social, etc. Hasta en la política, luchando por el bien común de la sociedad civil, esto es, por el bien de las mayorías. “No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida…”. ¿Qué sientes que no puedes, que es muy difícil? ¿Qué suena a una quimera? ¿Un sueño imposible? Cristo no nos pediría algo imposible de alcanzar. “Te basta mi gracia” le respondió a San Pablo cuando este se desesperaba ante las dificultades. Francisco nos anima y nos dice: “Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al crucificado y dile: ‘Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor’. En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor lo ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de los santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor… Esa santidad en la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos” (15). Definitivamente la santidad es lucha diaria, milicia, de a pocos, cada minuto, cada instante, santo que no lucha hasta el último día de su vida no es santo.

De allí que “para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque ‘esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación’”. La santidad constituye pues todo un reto apasionante para cada cristiano que quiera ser coherente y consecuente con su fe. ¿Qué caeremos muchas veces? Por supuesto, como los soldados y nos levantaremos para seguir luchando. ¿Qué habrá que actuar a contracorriente como los salmones? Claro que sí. Tenemos los medios: la gracia de Dios, su misericordia y los sacramentos. Lo demás, ya depende de nosotros para que nuestra vida valga la pena y no nos conformemos con una existencia “mediocre, aguada, licuada”. Lean el documento. No se arrepentirán.

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