El Studio One, por Javier Ponce Gambirazio

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A veces debo destruirlo todo para volver a nacer. Aunque el cuerpo me quede tullido y no renazca por completo; aunque tenga la estantería repleta de cadáveres y la única oportunidad se haya marchado para siempre. No conozco otra manera. Mi madre me educó en la furia y la persistencia.

El STUDIO ONE quedaba al comienzo de Benavides, pero para entrar había que atravesar una playa de estacionamiento ubicada en Ocharán, la calle de atrás. Eran los años del toque de queda vehicular que pretendía evitar los coches-bomba. Si querías salir, lo podías hacer a pie. Por eso me iba a la avenida, detenía a un jeep del ejército y pedía que me llevaran al centro de Miraflores. Nunca se negaban.

Un mar de gente cantaba Estrechez de corazón como si fuera un himno de guerra. Cada uno bramaba a una situación distinta, pero intuyo que compartíamos muchos destinos para nuestros gritos. Nos jodían la violencia, la homofobia, nuestras familias y los amigos que habían dejado de serlo. Pero lo que más nos sublevaba era que nos hubieran robado la juventud y no pudiéramos vivir lo que soñábamos. Sumergidos en la rabia y el desperdicio, brincábamos de espaldas a la realidad porque la realidad ya nos había dado la espalda. Nos habían despojado de todo, pero seguíamos bailando. Eran muecas torpes, movimientos repetidos para entrar en trance. Porque si nos deteníamos, corríamos el peligro de quitarnos la vida, antes de que otro lo hiciera.

Estábamos derrotados, pero nos sentíamos invencibles. A las tres de la mañana comenzaba el show. Gisela Pepe, Zezinho, Susan Renzo, Andrea Yañez, Toño Rodriguez, Jossie Tassy y las grandes estrellas, Coco Marusix, Naamin Timoycco y Javier Temple intentaban hacernos olvidar la condena que compartíamos. Había mucho talento sepultado en esas profundidades. Cualquiera de los números podría haber estado perfectamente en el Moulin Rouge o el Tropicana, sin embargo, estaban ahí, en ese mugriento sótano convertido en discoteca de maricones. La fascinación que se producía en medio de la alcantarilla nos empujaba a evadir y a aferrarnos a esa patria falsa, como si no hubiera otra alternativa. Yo quería creer que sí la había.

El Studio One fue el último bar que vi morir. No porque los otros dejaran de hacerlo, sino porque era yo quien necesitaba desaparecer. Estaba agotado de vivir en pie de guerra y con la espada desenvainada; harto de sentirme obligado a permanecer en ese vertedero donde van a parar las piezas de otro rompecabezas. Me sentía contaminado. Enajenado. ¿Por qué no podía moverme en un mundo normal? ¿Por qué carajo mi sexualidad tenía que definir espacios no sexuales?

Siempre tuve la fantasía de ser un turista en los bajos fondos que podría abandonar la marginalidad cuando quisiera. Una vez más, me equivocaba. Mis amigos normales habían seguido su camino y por más que traté, ya no había sitio para mí. Quizás nunca lo hubo y mi lugar era aquel desagüe. Pero cuando quise regresar, encontré leyendas negras que me cerraron el paso. Me habían convertido en un monstruo. El poderoso arte de la difamación.

Rechazado por ambos mundos, me quedé flotando en el limbo, mientras echaba semillas que el viento se llevaba. Como soy necio, lo volvía a intentar. Estaba abocado a reconectarme y recuperar el tiempo perdido. Una y otra vez, cambiaba de semillas y de terreno, procurando que algo crezca, sin saber por dónde era. Esa pregunta me persiguió siempre. ¿Por dónde es? Han pasado tantos años y todavía no encuentro la respuesta.

Foto: LEE TORRES-CALDERÓN

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