El sueño de la constitución propia, por Gonzalo Ramírez de la Torre

"Quienes piden una asamblea constituyente con la esperanza de que todo 'mejore' por arte de magia están siendo ingenuos o, en el peor de los casos, bastante maliciosos".

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Extinto el régimen de Manuel Merino, marcado por los abusos de la policía y por la torpeza política de los miembros de su Gabinete, parte del descontento generado se ha traducido en una frase: nueva constitución. El sentimiento incluso lo recogió una encuesta de Datum de hace unas semanas, en la que 56% del país aseguró querer cambiar nuestra ley fundamental.

Pero ¿cómo debe lucir esta carta magna? Desde las calles no hay un consenso claro sobre ello y, a juzgar por las razones que los ciudadanos dieron para exigir su reforma total en la encuesta mencionada –31% la pedía para que haya mayores penas para los corruptos y 20% para que haya mayores castigos para los delincuentes–, es claro que hay mucha confusión sobre el papel que cumple nuestra Constitución en el ordenamiento jurídico.

Desde la izquierda, histórica impulsadora del cambio que nos ocupa, el reclamo parece tener más cuerpo, con la animadversión hacia el capítulo económico de nuestra ley de leyes como principal inspiración. De hecho, desde las filas de agrupaciones como Juntos por el Perú, liderada por Verónika Mendoza, se ha aprovechado el momento político para exigir que se someta a referéndum, durante los próximos comicios, la convocatoria a una asamblea constituyente, con la esperanza de que de esta emerja una constitución más ajustada a sus estándares ideológicos. Ello a pesar de que las recientes movilizaciones no tuvieron nada que ver con cómo se conduce nuestra economía…

Sin embargo, entre querer una nueva constitución y conseguirla hay un camino largo y complicado. En esa misma línea, también hay una gran brecha entre desear que el documento tenga ciertas características y, en efecto, verlas expresadas en el texto final.

En otras palabras, ¿qué le garantiza a la izquierda que la nueva carta magna representará su ojeriza con el modelo económico? ¿Por qué la ciudadanía cree que su fastidio hacia los políticos se vería apaciguado con una nueva constitución? Lo más probable es que emprender esta ruta nos lleve directo a mayores desilusiones, sin importar la tendencia política a la que uno pertenezca.

Al fin y al cabo, el encargo de construir una nueva norma fundamental recaería en una asamblea compuesta por los mismos partidos que nos han llevado al despeñadero en las últimas semanas (y años). Es más, si nos basamos en la última encuesta de Ipsos para hacernos una idea (bastante somera) de cómo podría lucir este organismo, el partido de George Forsyth, un vientre de alquiler sin una ideología clara, tendría una importante mayoría. Asimismo, Podemos Perú, encabezado por Daniel Urresti y liderado por José Luna (dueño de Telesup), tendría bastantes posibilidades de llevar su agenda populista y fiscalmente irresponsable a la constituyente. A estos se suman Fuerza Popular y el movimiento que busca llevar a Verónika Mendoza al poder. En corto, estaríamos ante un sancochado de populistas, estatistas e improvisados del que difícilmente saldría algo aceptable.

El sueño de la constitución propia, entonces, se diluye ante la realidad. Nadie estaría satisfecho y nadie podría pretender que el resultado se acerque a lo que cualquiera pudiese querer. Quienes piden una asamblea constituyente con la esperanza de que todo “mejore” por arte de magia están siendo ingenuos o, en el peor de los casos, bastante maliciosos.

El verdadero remedio va a estar en usar el ímpetu ciudadano de las últimas semanas para exigir cambios concretos en materias como el empleo de la vacancia, las cuestiones de confianza y la inmunidad parlamentaria, todas figuras que pueden reformarse desde el Congreso.