El sueño de la razón, por Santiago Bedoya Pardo

"Cuando la experiencia y las cabezas frías le dicen que no al desafío de asumir las riendas del poder en uno de nuestros momentos mas críticos ¿qué nos queda?".

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Las elecciones presidenciales del 2021, es decir las elecciones del bicentenario, prometen ser uno de los momentos más bajos, ergo críticos, de nuestra historia republicana. Hemos abdicado al raciocinio, y nos hemos entregado a la desesperación. Decir esto y reconocer el desastre por venir, no debería suscitar controversia alguna. ¿Acaso no lo pedimos?

Durante lo que, en una realidad mejor, debió haber sido el apacible quinquenio de Pedro Pablo Kuczynski, optamos en vez por seguir el ejemplo de un terror robespierano. Hoy por hoy se habla mucho de la judicialización de la política, pero me temo que este término no es lo suficientemente fuerte, o por lo menos preciso, para ofrecernos una idea de la pesadilla dantesca que es hacer política en el Perú: se ha criminalizado la política. Nótese, esto no es decir que aquellos que, al día de hoy, siguen siendo investigados, sean libres de polvo y paja (en lo personal, lo dudo bastante). Sin embargo, nos hemos acostumbrado ya a la peligrosísima práctica de ver monstruos en cada esquina. Toda sombra es un ruin enemigo y cada cara, un nuevo sospechoso.

“Exigimos virtud, y ante su ausencia, exigimos terror”.

Nuestra conducta como sociedad ha sido, tal y como he dicho anteriormente, digna de los más obscenos delirios de Robespierre. Exigimos virtud, y ante su ausencia, exigimos terror. Insisto, es completamente factible que las acusaciones que se hacen contra los veteranos de nuestro cuadrilátero político sean completamente ciertas. Sin embargo, parecemos haber olvidado aquella piedra angular para cualquier democracia que pretenda ser funcional; la presunción de inocencia. No solamente en el campo jurídico, donde tanto fiscales como jueces parecen haberle dado santa sepultura a aquel concepto, imponiendo medidas draconianas en aquellos libres de condena, pero de forma más importante, en la corte de la opinión pública.

Las elecciones extraordinarias de enero lo demostraron; el uso de razón fue defenestrado, o tal vez se suicidó. ¿Acaso no le dimos tribuna al fanatismo de los herederos de Ataucusi y al radicalismo de aquellos que suscriben al etnocacerismo? Se le dio la espalda, de forma innegablemente trágica, a un cosmos de propuestas alturadas. Se le cerró la puerta a agrupaciones serias, y para demostrar la naturaleza endémica de este problema, las victimas no fueron exclusivamente de derecha, o de izquierda. Asediados por la fiebre de la otrora bien intencionada cruzada contra la corrupción, le rendimos el Perú a los más nefastos radicalismos. Y temo que los resultados de enero no han sido nada más que el comienzo.

Deberíamos considerarnos tremendamente afortunados de que estas agrupaciones sean acéfalas. El liderazgo del FREPAP es, hasta el día de hoy, objeto de una pugna entre los hijos de su profeta. El etnocacerismo, por otro lado, pese a tener un “líder natural”, se ve incapacitado de lanzarlo como candidato (no nos olvidemos; Antauro Humala viene cumpliendo una condena de 25 años desde el 2009, y por lo tanto, no es un peligro inmediato). Sin embargo, como se ha podido ver sondeo tras sondeo, nos hemos obsesionado con encontrar aquel nuevo caudillo que nos aleje de todo lo malo, una cara nueva, una cara limpia.

“Nos hemos obsesionado con encontrar aquel nuevo caudillo que nos aleje de todo lo malo”.

Sin embargo, ¿Son estos nuevos caudillos populares realmente netamente negativos? Pareciera ser que no. Nombres como George Forsyth y Salvador del Solar se habían erguido como potenciales murallas contra aquel populismo cancerígeno que aqueja a nuestro país desde hace décadas. Este prospecto, sin embargo, se ha visto amedrentado por el letargo de Forsyth y el abierto rechazo de del Solar a una eventual candidatura. Y sin estos nombres, ¿Qué queda sobre la mesa? Keiko Fujimori y Daniel Urresti, dos caras de la misma –y autoritaria– moneda, seguidos por un sinfín de candidatos sin posibilidades reales de llegar a palacio. Es en estos momentos que el rechazo expresado por del Solar al sillón presidencial se hace particularmente trágico, puesto a que pese a que sus criticas a este mismo caudillismo son válidas, en nuestra presente coyuntura, un nombre y nada más, es lo que promete prevenir el desbarranco populista. Cuando la experiencia y las cabezas frías le dicen que no al desafío de asumir las riendas del poder en uno de nuestros momentos mas críticos ¿qué nos queda? Recordar una cosa; el sueño de la razón produce monstruos.

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