El testamento del presidente Leguía, por Federico Prieto

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El 15 de enero de 1932, Leguía dicta su testamento. Al comprobar los médicos que está enfermo de gravedad, con un cáncer de próstata en fase final, es trasladado al Hospital Naval de Bellavista, donde es operado tres veces. En la noche del 6 de febrero de 1932, pesando 38 kilos, muere acompañado de un sacerdote descalzo, tres médicos y dos enfermeras. La policía redobla entonces la vigilancia alrededor del Hospital. Pero la ciudadanía está pendiente de los sucesos de Palacio de Gobierno y en Bellavista no ocurre nada . Al día siguiente, sólo el diario La Crónica da la noticia; y, por darla, el Gobierno le impone una multa .

El presidente Augusto B. Leguía, escribió su testamento en el Panóptico . En la elaboración lo acompaña su abogado, Alfonso Benavides Loredo, al que ha hecho llamar. Comienza diciendo: «Una prueba tangible de mi honradez en el manejo de la administración pública la dará la lectura de mi testamento, donde declaro que habiendo llegado al poder con una renta de más de 200,000 soles al año; hoy que me han privado del gobierno, no poseo casi nada y doy como herencia a mis desgraciados hijos, unas cuantas medallas y condecoraciones, de las que también se ha incautado injustamente el actual gobierno».

Declara haber nacido en Lambayeque, tener 67 años, ser viudo de doña Julia Swayne y Mariátegui. Menciona a sus padres –Nicanor Leguía y Haro y Carmen Salcedo y Taforó-, «a quienes Dios conserve en la gloria por sus virtudes y  la educación que me dieron». Declara estar «enfermo pero en cabal juicio, entendimiento, memoria y habla expedita». Y añade su «declaración  como fiel cristiano de profesar la religión católica, apostólica, romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto morir, implorando para ese momento la misericordia divina». Dicho esto, «otorgo este mi testamento y voluntad».

PRIMERO. Encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor Todopoderoso.

SEGUNDO. Mi cadáver, al que colocarán una pequeña imagen del Sagrado Corazón de Jesús, será vestido con la más sencilla ropa que yo tuviese y lo alumbrarán cuatro cirios.

TERCERO. Deseo que por el descanso de mi alma e intención se digan y celebren, el día de mi muerte, las pocas misas de cuerpo presente que permita la pobreza actual de mis hijos.

CUARTO. Que mi entierro sea modesto y sin ningún género de aparato ni ostentación.

QUINTO. Que mi cadáver sea depositado, de ser posible, al lado de mi esposa, mientras mis hijos no dispongan otra cosa y encargo a éstos que una vez al año visiten mi sepultura, acordándose de que muero deseando que sean buenos cristianos, y que vivan siempre con la bendición de Dios y con la que ahora les da su padre que con ternura los ama.

SEXTO. Declaro que del matrimonio con la que fue mi virtuosa esposa he tenido seis hijos; tres hombres y tres mujeres: don Augusto, casado con doña Marina Almuelle; don José, casado con doña Nelly Días Moreno; don Juan, casado con doña Enma Gutiérrez y Fernández Cavada; doña Virginia Dolores, viuda de don Lizandro Martínez Molina; doña Carmen Rosa, casada con don Alberto Ayulo Laos; y doña María Isabel, casada con don Alfredo Larrañaga y Montero.

SETIMO. Declaro lo que ninguno de los presidentes del Perú, podría asegurar como lo aseguro yo en este instante, con la vista en la eternidad, que habiendo ido al Gobierno rico, debido a mi esfuerzo personal, con una renta anual de doscientos mil soles, hoy por haberme consagrado por entero a la prosperidad y servicio de esta Patria tan querida, abandonando completamente mis negocios y desamparando a mis hijos, sólo parece quedarme, después del registro que de todos mis bienes ha hecho la Junta de Gobierno, algunas pólizas de seguro contra mi vida y, las medallas y otros objetos que me obsequiaron gobiernos, las provincias y diversas circunscripciones del Perú y que dejé entre otros papeles en la caja de fierro de mi escritorio en Palacio y en las dos cajas de fierro de Pando, cuando por creerlo así conveniente al país, dimití ante el Congreso la Presidencia de la República; pólizas y objetos que, por si no llegara a consumarse el inaudito atentado de bajos falsos pretextos despojándoseme de éllos; lo rescatarán algún día cuando mi vida se vea libre de la calumnia que hoy la desfigura y la mancha, dispongo se distribuya entre los seis hermanos por partes iguales y, con espíritu que no vaya a provocar entre ellos diferencias enojosas.

OCTAVO. Nombro como albacea, a mi primo hermano, el doctor don Eleodoro Romero, rogándole de modo muy especial a mis hijos y, si llega la ocasión, les dé buenos consejos y;  a mi hijo Juan, a quienes encargo encarecidamente hagan cumplir ésta mi voluntad, relevándoles de fianza y, quienes ejercerán el cargo en conjunto o separadamente.

NOVENO. Constituyendo las disposiciones que preceden la manifestación de mi última y expresa voluntad, revoco y anulo, todos y cualesquiera otro testamento, codicilo o disposición testamentaria, que antes de ahora haya hecho por escrito, de palabra o en otra forma.

No conozco el testamento de Alberto Fujimori, hoy internado en una clínica, en similares circunstancias.