El último que salga apaga la luz, por Aldo Llanos

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De acuerdo, este tema está más manoseado que pasamanos de micro y ya cada sensibilidad se ha pronunciado al respecto: los que en nombre de las víctimas quieren disolver, repito, ¡disolver el SVC!, ya que el problema sería su estructura ideológica en su totalidad; los que heridos por los ataques han salido a reafirmar su emevecismo a capa y espada; y los que en nombre de las buenas obras no quieren que se generalice a todo el SVC y reclaman prudencia. Pues bien, ya todos están bien representados, por lo que me dirigiré a un grupo en especial: los que creen que esta institución nunca sirvió ni servirá para nada. Así que con esto espero ser el último que escribe en Lucidez al respecto y con esto salgo y apago la luz.

*La vasija rota, cuento japonés adaptado en perucho:
El jefe Yisus era el encargado de ir a buscar el agua fresca que se bebía en la escuelita de un  maestro muy antiguo conocido como “El Father”. Todas las mañanas acudía a la rica fuente que nacía por Camacho, a pocos metros de distancia. Para la tarea, se había hecho con dos grandes vasijas de barro que mantenían el agua fresca todo el día. Los dos botijos colgaban de los extremos de un recio palo que, colocado a lo largo del cuello, le permitía llevar hasta trece o catorce litros sin mucho esfuerzo.

Pero resultó que una de las vasijas, hecha por encargo a un personaje oscuro conocido como “el Géminis”,  tenía una grieta por la que se escapaba parte del agua y, al fin de cada trayecto, solo llegaba con la mitad del contenido. Durante los últimos cuarentaicuatro años, ese había sido la dinámica: Yisus iba temprano a la fuente, llenaba los dos recipientes y regresaba solo con una vasija y media de agua.

El botijo perfecto estaba muy orgulloso de sus logros; durante todo ese tiempo había llevado toda el agua que le permitía su contenido. Pero el botijo roto estaba triste y avergonzado de su propia imperfección, ya que era consciente de que solo conseguía cumplir con la mitad del cometido para el que había sido creado. El botijo perfecto desde que se enteró de su imperfección no hacía más que acusarlo con tal de que lo saquen y desechen para siempre.

Después de aquellos años de trabajo, la vasija rota ya no resistió más la presión y alzo la voz para decir:

– ¡Estoy tan avergonzado¡

Yisus volvió la cabeza hacia su izquierda, viendo gemir a la pobre cerámica, y pregunto:

– ¿Vergüenza de qué, amigo mío?

– Durante todo este tiempo, no he sido capaz de llevar bien el agua hasta la casa del maestro. ¡Qué desperdicio¡ Por culpa de mis defectos de fábrica, he echado a perder parte del trabajo.

Yisus sonrió amablemente y dijo:

– No digas eso. Ahora llegaremos a la fuente y os llenaré de agua, y quiero que te fijes en lo hermoso que está el camino de vuelta a casa.

Cuando llegaron a la fuente, el botijo dejó que le pusieran el agua y, una vez sobre los hombros de Yisus, empezó a mirar a su alrededor, tal y como le había indicado.

– El camino esta precioso –dijo el botijo.

– A mí también me gusta. ¿Ves las hermosas flores que bordean la cuneta? –preguntó Yisus.

– ¡Oh, son bellísimas¡ -exclamó el recipiente.

– ¿Te has dado cuenta de que solo hay flores en esta vereda del camino? Durante estos dos años, he plantado semillas en este lado porque sabía que crecerían las flores gracias al agua que tú derramabas cada día –señaló Yisus-… todo a su tiempo… a mi tiempo

– ¿Eso es cierto? –preguntó el botijo, emocionado.

– Sí. Gracias a eso, durante estos años he disfrutado de estas flores en los paseos matutinos y no solo eso, he podido decorar con flores la mesa del maestro. ¡Mi querido amigo, si no fueras como eres, a pesar de la perfidia de tu fabricante, ¡imperfecto!, ni el Father ni yo hubiésemos podido apreciar la belleza que no has podido ver por no aceptarte!

Entonces la vasija rajada pudo entender un poco más el camino de la humildad.

* Adaptación extraída del libro “EL ARTE DE NO AMARGARSE LA VIDA” de Rafael Santandreu. Editorial Planeta, Barcelona 2011