El Voto Democrático

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La herramienta clave de la democracia es el voto. Toda democracia requiere mandatarios y representantes. Por tanto, necesita elegirlos. Si democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, entonces la selección de los responsables se hará a través del voto.

La manera de votar es una cuestión opinable, en la que los peruanos nos estamos enredando desde hace tiempo. Es materia opinable, cuyos extremos son el idealismo y el interés individual. No es la primera vez que lo digo, porque detrás de cada decisión está buscar mejor o peor el bien común.

La democracia moderna se expresó en algunos países a través del voto de los contribuyentes. Quienes pagan impuestos, votan. Nadie más. Quien financia el Estado dice quien lo gobierna.

Otra expresión moderna ha sido la del voto del alfabeto. Los analfabetos no votan. ¿Cómo van a votar, si no saben leer? Primero que vayan al colegio y luego que saquen la, entonces, libreta electoral.

Una tercera costumbre, rota en el siglo pasado, fue la del voto de los varones. Las mujeres no votan. ¡No saben ni les gusta la política!, pensaron quizás nuestros abuelos distantes. Además, la mayoría de las mujeres eran, entonces, analfabetas.

La edad del elector ha ido bajando: 24 años, 21 y 18. ¿Por qué será? Hay educadores y sicólogos que afirman que el uso de razón se adquiere, no a los siete años, como se dijo por siglos, sino antes, a los 3, 4, 5 o 6 años. ¿Hasta dónde vamos a bajar la edad de votar?

A esto se añade diversas cualidades del voto: debe ser secreto, nadie tiene por qué saber por quién se vota. Se elimina así el camión con peones llevados desde las haciendas hasta la municipalidad, donde se les entregaba el voto del candidato del patrón, escrito y sellado, para que lo echen en la urna.

El voto debe ser, ahora, universal: contribuyentes y pobres, hombres y mujeres, letrados y analfabetos. Hay que empadronar a todos los habitantes del país. Por sana tradición, en las elecciones locales votan los extranjeros residentes en el país. Ellos también tienen algo que decir a sus vecinos.

A esta historia hay que añadir los dos temas hoy en debate: preferencial o no; obligatorio o no. Materia, insisto, opinable. Mi opinión es que debe ser sin voto preferencial pero obligatoria. El voto preferencial ha convertido a la democracia en un negocio, en el que se perjudica el pueblo. El voto obligatorio ya se ha hecho carne de nuestra carne; quitándolo se acentuará el liberalismo, se acentuará la democracia negocio: te pago para que votes.

Pienso que el voto obligatorio, que ya es costumbre entre nosotros, sin el voto preferencial, es un deber cívico –no solamente un derecho- que facilita la responsabilidad democrática para hacer realidad el bien común. Porque la democracia representativa se hace a través de los partidos; y los partidos tienen la tarea de hacer buenas listas presidenciales y parlamentarias. Eso es lo que mejor ha funcionado entre nosotros, a pesar de las cúpulas o, aunque parezca una herejía, quizás también gracias a ellas, porque en el mejor de los casos, las cúpulas son las élites.

Por último, diré que soy partidario de la segunda vuelta electoral no sólo para el presidente sino también para los congresistas. Eso garantiza mayor seriedad en el procedimiento electoral partidario. Como en Francia

La pena es que quienes tienen que arreglar este desarreglo son los mismos congresistas que han salido elegidos por las normas tal como están vigentes, por lo que no tienen ningún empeño en cambiarlas.