El zeus de oro, por Javier Ponce Gambirazio

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Todo grupo aislado genera su propia cultura. Y toda cultura encuentra en el arte la más alta expresión de sus valores y antivalores. Es a la vez un espejo y una hoja de ruta. Por eso el Zeus de Oro no solo era un reconocimiento al talento, también era una declaración de principios de lo que éramos y los ideales hacia los que nos movíamos.

El Zeus de Oro era el máximo premio al que podían aspirar los transformistas de los años 80 y 90. La distinción la daba la discoteca Zeus ubicada en el segundo piso de un local comercial en el óvalo Nicolás Arriola, en la Victoria. Yolanda y Vicky eran las dueñas de ese pequeño territorio conquistado a la noche donde construíamos pedestales para elevar a nuestros íconos y proyectar sobre ellos nuestro desamparo. La ceremonia de premiación era un remedo del Oscar cuyos anfitriones eran el actor Carlos la Torre, que en ese momento conducía un programa familiar en el canal estatal con Humberto Vílchez Vera, y la famosa leyenda del travestismo, Gaby Montes.

Todos podían competir. Bastaba que se hubieran presentado al menos una vez en el Zeus, lo que no era raro porque ganaban tan poco que solían actuar en tres discotecas por noche. Los shows podían ser temáticos o varietés de números independientes. Los temáticos estaban inspirados en musicales del cine como Grease, Cabaret o Saturday Night Fever; o representaban a una época como los años 20, un argumento como la Familia Adams o una idea como los recordados Adiós Verano y Pasaporte del Studio One. Los espectáculos de números independientes también tenían su gracia porque permitían a los artistas mostrar sus propuestas personales.

Sin internet, la música era un verdadero tesoro. Por eso cuando el dueño del local les daba una copia en casete para que aprendieran la letra, se las grababa en mala calidad para que no pudieran irse a otra discoteca a hacer el mismo número. Entonces algunos optaron por conseguir sus propias canciones. Estaban los que usaban música de otra época, como Javier Temple, Zezinho o Jossie Tassy, y quienes preferían los hits de moda, como Coco Marusix o Naamin Timoycco. Varias veces llegaron ambas con la misma canción de Yuri o Thalía y se desataba la pelea en el ensayo. Para evitarse problemas, Naamin fue variando su repertorio hacia lo clásico, como la revista. En muchas ocasiones se hacía necesario contar con un cuerpo de baile. Ahí estaban Alex Brocca, Ricardo García, Bruno Bazo, Peter Ferrari y Ernesto Pimentel, entre otros.

El Zeus de Oro a la Revelación del Año 1992 lo obtuvo el dúo Azúcar Moreno, conformado por Zezinho y Susan Renzo. Zezinho fue una presencia revitalizante en el transformismo limeño. Seguía la línea de su abuela Javier Temple, nada de vedetismos. Tenía una presencia sobria y sin afectaciones, su vestuario era siempre acertado y jamás usaba “chaides” (rellenos de esponja que hacían referencia a la marca de colchones Chaide & Chaide). Cuando no actuaba como parte de Azúcar Moreno, interpretaba temas de jazz y soul. Verlo sobre el escenario era un placer. Tenía una dicción impecable. Estudiaba hasta la respiración de la cantante cuya voz usaba para sus actuaciones y nadie hubiera podido creer que no cantaba. Era perfecto.

Mirando para atrás pienso que el desarraigo sin arte hubiera sido aún peor. Por eso a todos ellos, mi agradecimiento. Por haber transformado la apatía en euforia, y habernos regalado la locura de convertir el lamento en una hermosa coreografía y el naufragio en una fabulosa fiesta.

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