Elecciones en EEUU y Perú, o la Champions y el Torneo del Inca

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El partido republicano ha engrasado la maquinaria electoral con el reciente anuncio de dos nuevos pre-candidatos a la presidencia, que se suman a un conjunto de postulantes nutrido y diverso. Tras la ofensiva marketera de la demócrata Hillary Clinton, copando presencia en medios e iniciando una gira en los estados clave para el inicio de las elecciones primarias, el partido conservador ha apuntado sus dardos a la sólida candidatura de la ex senadora y ex primera dama. Así, ha empezado a tomar como referencia los anticuerpos feministas y progresistas de Clinton para poner a trabajar el aparato partidario.

En contraste, el Perú cuenta con un singular coro de advenedizos que ha irrumpido con el objetivo de convertirse en aurorales outsiders que puedan tentar la presidencia con un golpe de suerte boxístico, aunque la evidencia post-Fujimori nos muestre que hubiera sido más fácil un triunfo por KO de Manny Pacquiao que el éxito anti-establishment de un neófito en las lides políticas.

Y es que, cada cuatro años las elecciones estadounidenses se convierten en un equivalente de lo que la Champions League o la Copa del Mundo significan para quienes gustan del buen fútbol. Las estrategias empleadas para abarcar a nuevos electores en una demografía que cambia constantemente, y el uso de tecnologías para abarcar a nuevos targets y difundir sus mensajes hacen de esta contienda electoral una tan vertiginosa como lo puede ser una semifinal entre el Barcelona y el Bayern Munich. Además, al tener un sistema escalonado de elecciones primarias, la tensión y la sorpresa se pueden prolongar hasta el final, lo que le da una aire de eliminatoria similar al que vivimos los peruanos cada vez que soñamos con que esa vez sí lograremos ir al mundial.

Haciendo la odiosa comparación con el escenario político local, nos encontramos con jugadores mediocres, acostumbrados a jugar para una tribuna que celebra sus “goles en otras canchas” –entendiéndolas en la política como aquellas más bien cercanas a lo turbio— y descuidamos el análisis del buen juego de fondo, que debiera consistir en aquella difusión de programas y mensajes que a su vez logren calar emocionalmente con la población.

La tribuna, acostumbrada a un espectáculo mediano, se vuelve complaciente con la parrilla electoral y se limita a decidir por aquellos que “ya conoce”, y que sabe que juegan mal y peor. No existe candidato actualmente que pueda invitar a soñar, como lo hacen en EEUU y como se ve en el fútbol de primerísimo nivel. No, en el Perú, está prohibido el buen juego, no porque no se pueda jugar, sino porque la gente no sabe cómo hacerlo.

El escenario venidero es sombrío, y salvo la irrupción de un fichaje novedoso o un jugador-revelación, difícilmente se tendrá una elección atractiva y que invite al juego bonito y a pensar que realmente se puede contar con políticos de primer nivel. Por lo pronto, a quienes gustan de la buena política, quedará como consuelo prender la televisión, abrir la PC, y leer o ver las intervenciones de quienes juegan en las grandes ligas de la política global. Mientras tanto, en el Perú se seguirán celebrando pírricas fintas y amagues que solo complacen a quienes se miran el ombligo –como ganar el Torneo del Inca, por ejemplo— y reiteran que en el Perú aún queda mucho por madurar para consolidar una clase política con programa, visión de país y capacidad de emocionar a la población. La pequeña y gran diferencia entre el fútbol y la política, es que en la segunda los hinchas (o electores) sí pueden entrar a la cancha. ¿Qué esperan?