En busca del sentido de la vida, por Alfredo Gildemeister

372

Hace unos años, asesoraba como abogado a una importante empresa en el país y recibí en mi oficina, una llamada de la secretaria del gerente general y presidente del Directorio. La secretaria era una señora de cierta edad la cual tenía buenos años trabajando como secretaria. Me pidió que fuera a la oficina del gerente de inmediato. Me dijo “que era urgente” y que el gerente quería hablar conmigo “cuanto antes”. No bien me dijo eso, como soy asesor tributario, tomé mi cuaderno de apuntes y mis normas tributarias. “De seguro ya le cayó la SUNAT y le están cobrando hasta los calzoncillos” pensé, “o peor aún, algún ejecutor coactivo ha embargado las cuentas y activos de la empresa”. En fin, mientras subía al piso de la gerencia general se me ocurrían mil y un posibilidades por el estilo. No bien llegué a la gerencia me recibió la secretaria con cara angustiada. Solo atinó a decirme que nunca en todos los años que llevaba trabajando para don Jorge, lo había visto así. “Está desesperado, se le ve muy angustiado, ayúdelo por favor”. “Por supuesto” respondí y entré a la oficina del gerente general.

Me encontré a don Jorge sentado con la cabeza gacha entre las manos, los papeles del escritorio en total desorden y cosa curiosa, me pareció ver encima de los papeles y carpetas, un libro abierto. De un vistazo me percaté que se trataba de una Biblia. “Buenos días don Jorge, ¿En que puedo ayudarlo?” Pensaba en alguna consulta complicada o engorrosa, en las peores situaciones que una empresa podría afrontar y hasta pensé en algún caso penal en el que el gerente pudiere estar involucrado. Me senté en uno de los cómodos sofás delante de su escritorio y esperé a que me dijera algo. Levantó la cabeza y me miró fijamente. Su mirada no era de cólera o de disgusto sino de clara desesperación, más aún, casi diría de desamparo. Las tres palabras que pronunció nunca las olvidaré en mi vida. Fueron las palabras que menos esperaba, que nunca se me hubiera ocurrido escuchar en boca de un exitoso empresario que lo tiene todo en la vida. “No tengo paz” exclamó. Me quedé de una pieza. Lo miré con detenimiento y hasta preguntándome a mi mismo si había escuchado bien. “No tengo paz” repitió.

Había oído bien. No se trataba de una consulta legal. Se trataba de un asunto más serio que eso. Nada menos que de algo esencial y fundamental: la cuestión de la vida en todo ser humano. Don Jorge no era feliz, no tenía paz. Simplemente lo escuché. “Ya estoy en la madurez de mi vida. Soy lo que todo el mundo consideraría un hombre de éxito. Tengo dinero, fortuna, una esposa maravillosa, unos hijos estupendos, tengo salud y no me falta nada, pero… ¿Por qué no soy feliz? ¿Por qué no tengo paz?” Se me ocurrió una sola pregunta, a riesgo de que me mande al diablo o que me despida, igual se la solté: “Y Dios… existe en su vida don Jorge?” No sé por qué le hice esa pregunta. Se me vino a la mente y listo. Me miró fijamente, se levantó de su silla, se me acercó y me dijo: “Efectivamente, me he olvidado de Dios, lo aparté de mi vida… y ahora soy consciente que sin Dios mi vida no tiene sentido”. Le pregunté: “¿Alguna vez reza usted don Jorge?” Pasó un cierto silencio y le dije: “Le recomiendo que lo haga. Se sentirá mucho mejor, verá que no está solo y tendrá paz, verdadera paz”. Me abrazó fuerte, sonrió y me dijo: “Tienes razón. Gracias”. No me dijo nada más. Su mirada expresaba agradecimiento. Salí de su oficina.

El Papa Francisco ofreció hace poco un especial consejo a los jóvenes en un video enviado al II Encuentro Nacional de la Juventud realizado del 25 al 27 de mayo, en la ciudad de Rosario, Argentina. Francisco explicó que, para poder renovar la historia y construir la civilización del amor, es necesario estar con Jesús, “ir a su encuentro en la oración, en la Palabra, en los sacramentos. Dedicarle tiempo, hacer silencio para oír su voz. ¿Vos sabés hacer silencio en tu corazón para escuchar la voz de Jesús? No es fácil. Probá”. Para encontrarse con el Señor, preguntó el Papa: “¿Cuántos de ustedes leen dos minutos el Evangelio en el día? ¡Dos minutos, eh! Tenés un Evangelio chiquito, lo llevás en el bolsillo, en la cartera… Mientras vas en el bus, mientras vas en el subte, en el tren o te parás y te sentás en tu casa, lo abrís y leés dos minutos. Probá. Y vas a ver cómo te cambia la vida. ¿Por qué? Porque te encontrás con Jesús. Te encontrás con la Palabra”.

Francisco comentó en su mensaje que es posible que uno ande por la vida triste, herido o “bajoneado”, como don Jorge, el empresario exitoso, pero eso no impide el encuentro con Cristo: “Parece que ya no podés más, que las contradicciones son más fuertes de todo lo positivo, de toda la polenta que vos le quieras poner, que no ves la luz al final del túnel”. Don Jorge, no tenía paz, pero tenía todo lo que el mundo de hoy considera éxito. Sin embargo, no tenía lo más importante: Dios. “Pero cuando te encontrás con Jesús –es una gracia– el buen samaritano que se acerca a ayudarte, ese Jesús, todo se renueva, vos te renovás y podés con Jesús renovar la historia… Es un camino de amor y misericordia: Jesús nos encuentra, nos sana, nos envía a sanar a otros” aconseja Francisco.

Un par de años más tarde, me encontré a don Jorge en una reunión social. Se me acercó y me dijo: “Tenías razón. Me he acercado a Dios y ahora tengo paz. Mi vida cambió y estoy bien. Rezo todos los días y leo los evangelios, frecuento los sacramentos, pues soy católico, y voy a Misa. Pese a los problemas que tengo en la empresa o en mi familia, no pierdo la paz porque estoy con Dios a donde voy”. Solo atiné a decirle: “Que bueno don Jorge. Me alegro mucho por usted”. Efectivamente la vida sin Dios no tiene sentido. Si uno trata a diario a Jesús, se ve la vida de otra manera. Hace unos días me llamaron a comunicarme el fallecimiento de don Jorge, al cual no había visto en años. Su viuda solo me dijo: “Murió en paz y hasta con una sonrisa. Nunca lo había visto así, con tanta paz. Me siento tranquila”. Estoy seguro que don Jorge encontró el verdadero sentido de la vida. No me queda duda…

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas