En defensa del arte y la cultura

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Hace dos noches disfruté de una película “made in Hollywood” que, agradablemente sorprendida, resultó bien hecha, con una buena actuación y un tema relevante. No fue una de las tantas mega-producciones a la que los gurúes cinematográficos nos tienen acostumbrados, sino una simple historia narrada con acierto. El título de la cinta es “The monuments men”. Traducido literalmente en castellano sería “Los hombres de los monumentos”, aunque lamentablemente se pierde el sentido figurado del apelativo. La historia en el film se inicia durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando la derrota de Alemania era inminente. Para ese entonces, las fuerzas aliadas y la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.) estaban en una carrera por añadir la mayor cantidad de territorio europeo a sus esferas de influencia. Como esta columna no es de crítica de cine, para los que desean saber más de la película les recomiendo revisar la información por Internet. Mi interés en esta obra es distinto.

La película está basada en hechos reales, aunque, por supuesto, la realidad fue mucho menos dramática, mucho más angustiante y mucho más descarnada. Según fuentes históricas, un grupo de rescate de obras de arte, principalmente conformado por personal inglés, se estableció en Libia en 1942 para proteger aquellas obras en peligro de destrucción; sin embargo, este pequeño escuadrón nunca disfrutó de apoyo ni comprensión de parte de las fuerzas militares. A medida que la guerra se fue extendiendo, estudiosos e investigadores del arte estadounidenses conformaron varias organizaciones de ayuda para identificar y proteger las edificaciones, las obras de arte y los monumentos europeos. Para junio de 1943, y luego de un arduo trabajo de convencimiento de parte del director del Museo Metropolitano de Arte Francis Henry Taylor, el presidente Franklin Delano Roosevelt estableció la llamada “American Commission for the Protection and Salvage of Artistic and Historic Monuments in War Areas” (Comisión Americana para la protección y salvataje de monumentos históricos y artísticos en las zonas de guerra”).

De un puñado de hombres dedicados a salvaguardar la riqueza cultural europea, la Unidad de la Sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos llegó a 345 hombres y mujeres de 13 países. Para finales de la Segunda Guerra Mundial en 1945, todos los integrantes consagraban sus esfuerzos en encontrar más de 1,000 tesoros escondidos en subterráneos, minas, cavernas, y lugares inaccesibles incautados por las fuerzas de ocupación alemanas. Se estimaba que más de cinco millones de piezas de arte y objetos culturales fueron robados de colecciones privadas –especialmente de judíos adinerados–, museos universidades, monasterios e iglesias católicas.

Durante la guerra, este grupo luchó denodadamente por proteger y salvar monumentos arquitectónicos, iglesias, edificios y obras de arte. Con mucha frecuencia, ellos eran los que entraban junto con las avanzadas militares a los pueblos y ciudades que se iban liberando del enemigo. Su trabajo consistía en evaluar el daño y hacer las reparaciones de emergencia en obras que habrían sufrido algún daño. Pero, su labor no concluyó con la guerra. Luego de la rendición de Alemania, un pequeño remanente de 60 expertos de “los hombres monumentos” siguió rastreando Europa en busca de obras extraviadas durante la guerra para ser entregadas a sus verdaderos dueños.

La película me dejó una mezcla de desilusión y esperanza. La desilusión se dio porque comprobé cuán difícil es para el ciudadano medio comprender lo que hay en una obra de arte. Al contemplar una estatua de mármol, lo que se contempla no es ni siquiera la destreza del artista al esculpir la imagen. No, lo que se contempla es el espíritu, el amor de ese artista plasmado en un medio tan inhóspito como un duro pedazo de piedra. Hace poco estuvimos conversando sobre la obra de don Felipe Guamán Poma de Ayala recordando sus cuatrocientos años de publicación. El valor de esa obra no solamente es lo que su autor quiso plasmar en su reclamo, sino el amor que entregó en cada una de sus páginas e ilustraciones. Dejó parte de su espíritu y del amor a su patria, a la que quería ver pujante y poderosa, como lo había sido en siglos pasados. ¿Cómo poner valor a esa parte de la obra?

En un momento dado en la historia, un jerarca político le hace la siguiente pregunta al personaje principal de la película: ¿acaso una obra de arte vale la pena el sacrificio de una vida humana? Responder a esa disyuntiva es muy difícil. Pero, si lo miramos desde la perspectiva del artista, se puede afirmar que en esa obra de arte, sea cual fuese, él o ella ha entregado su sangre, sudor y lágrimas para que otros sientan el amor, la belleza y la verdad. Esos son valores por los cuales personalmente sí podría apostar la vida. Luchar por nuestro acervo cultural no es una guerra perdida; debemos continuar a pesar de los sinsabores y las incomprensiones. No podemos darnos el lujo de dejarnos vencer por el bien de las siguientes generaciones. Esa es la esperanza que nos debe dar fuerza para seguir adelante.