[EDITORIAL] Enemigos imaginarios

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Interrogada sobre su opinión del feminismo, la académica norteamericana Camille Paglia contestó: “Hoy para las feministas, el papel excluyente es el de víctima. La belleza, por ejemplo, es una conspiración de los hombres heterosexuales para evitar que las mujeres avancen; y todo ese tipo de tonterías. También creo que la política feminista es de una ingenuidad total, que esto de echarles la culpa de todos los males del universo a los hombres blancos imperialistas es bastante elemental.”

¿Acaso es Paglia una “fascista”? ¿O una ultra conservadora fanático-religiosa, quizá? No. Aunque sorprenda a muchos, esta profesora de humanidades de la Philadelfia University of the Arts se considera a sí misma, de alguna manera heterodoxa, una “feminista disidente”. Lo que critica de forma implacable es la cerrazón ideológica del feminismo actual, tan distante de sus principios. “Ha tenido varias fases. Podemos criticar la fase presente sin criticar necesariamente el feminismo. Lo que yo quiero hacer, justamente, es salvar al feminismo de las feministas”. Y es que ahora, dice, “No hay humor, todo son sermones, y lo que se ve es una actitud absolutamente dictatorial”.

En efecto, el feminismo actual no solo pasa por estar a favor de la igualdad entre hombres y mujeres sino por aceptar una serie de teorías implícitas que, finalmente, en nada se relacionan con esta. La primera, desde luego, es el relativismo constructivista: nada es “natural” ni lo percibimos como es sino que lo construimos socialmente. De ahí se sigue la ideología de género, según la cual las diferencias entre hombres y mujeres no son “naturales” sino que el niño nace como un lienzo en blanco y se ve empujado a una de esas dos categorías por las presiones y prejuicios sociales.¿Y las visibles diferencias fisiológicas? ¿Y el hecho de que una estructura cromosómica sea xx y la otra xy? No, eso qué importa, si no estás de acuerdo eres un machista y un heteropatriarcalista. El problema, naturalmente, no es esta ideología en sí, la cual es perfectamente debatible, sino precisamente que no se la quiera debatir sino imponer como una obligación moral.

Otro derivado de estas teorías implícitas es el relativismo cultural, según el cual no hay valores objetivos sino que estos también se construyen socialmente y solo pueden ser entendidos en determinado contexto cultural, por lo que no se puede hacer juicios universales sobre la carga moral de un acto. ¿En que se fundamentan entonces los derechos por los que dicen luchar? ¿Acaso no podemos condenar la ablación clitórica desde occidente?

Esta contradicción es lo que muchas veces lleva al nuevo feminismo a un silencio incomodo sobre la situación de la mujer en algunas partes del mundo árabe. También, presumiblemente, lo que lo lleva a odiar a la cultura occidental y al capitalismo a pesar de que es en estos que ha sido posible la liberación femenina (y de que es un movimiento eminentemente eurocéntrico). Pero a pesar también de que es precisamente en los países desarrollados de la actualidad donde las mujeres han alcanzado estándares de vida iguales o superiores a los de los hombres y acaso los mejores de la historia.

El feminismo de sus inicios, por el contrario, es algo a lo que difícilmente podremos oponernos. Parte de un problema real en una época en la mujer no votaba ni cursaba educación superior, ganaba menores salarios que los hombres (si es que acaso acedia a un trabajo asalariado) y tenía dificultades para ejercer la propiedad privada. Y si decimos que difícilmente nos opondremos es porque para defender la igualdad de oportunidades no hace falta ser feministas.De hecho, esta no es invención ni propiedad suya.

Muchos antes de ellos estuvieron a favor de que la mujer estuviera en igualdad de condiciones respecto al hombre, pero no por ser mujer sino por ser persona. Ya en el siglo XVII el liberalismo defendía la igualdad intrínseca de los individuos ante la ley y el derecho a la libre realización individual. Y si queremos irnos un poco más atrás, milenio y medio antes de este el cristianismo decía algo parecido poniendo énfasis en la dignidad humana. El mérito del feminismo inicial no fue no descubrir la pólvora sino luchar porque esta igualdad se materializara.

Hoy en los países desarrollados, en vista de que la situación que le dio origen ya fue cambiada por sus antecesores, el nuevo feminismo se lanza a la búsqueda de nuevos problemas que lo legitimen. Solo que esta vez ya no en la realidad sino en teorías posmodernas que asume como dogmas y sobre las que no está dispuesto a debatir. Ignora así los nuevos problemas que han surgido en buena cuenta por su culpa: la cosificación sexual femenina y la desvalorización social de ser madre.

Y nuestros feminismos tercermundistas, seguidores de estos, en vez de tratar de resolver los problemas aún vigentes en nuestros países, gastan su tiempo en proclamas, discusiones y batucadas sobre las nuevas perspectivas venidas de fuera. Así, lo que inició como una lucha respetable por resolver problemas reales se ha convertido hoy en un ideología (en el peor sentido de la palabra) cerrada, reaccionaria y sobresimplificadora de la realidad. Y, como dijo Paglia, absolutamente dictatorial.