Entre Escila y Caribdis, por Pablo Ferreyros

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Empezó cuando en abril, seguramente buscando evitar la suspensión en el congreso, Carlos Bruce declaró estar a favor de que Fujimori sea liberado. Cuestionado al respecto, Kuczynski cometió el error de decir que lo estaba evaluando. Todo parecía entonces -cosa rara- que la iniciativa para liberar a Alberto Fujimori estaba siendo tomada por el propio gobierno (que en realidad no tenía idea sobre qué hacer al respecto).

El indulto fue un problema para los dos presidentes que antecedieron a PPK, era siempre un pedido comprometedor que obligaba al mandatario a elegir con qué sector de la población quedar mal. Siempre había provenido del fujimorismo y siempre había sido una solicitud incómoda que sus receptores bien hubieran querido evitar. Costaba creer que Kuczynski fuera a decidir ponerse entre Escila y Caribdis por decisión propia. Pero así fue.

¿Torpeza o movida política? Inicialmente, pareció que el gobierno evaluaba el indulto para congraciarse -siquiera temporalmente- con la fuerza política que controla el congreso. La reconstrucción, la desaceleración económica y la necesidad de aumentar el tope de deuda daban motivos para ello. Sin embargo, pronto -e inesperadamente- se renunció a esta posibilidad, cambiándola por una ley de prisión domiciliaria. Esta mantenía la posibilidad de sacar de la Diroes a Fujimori, pero pasaba el costo político de hacerlo a su partido. Servía así para quitarle de encima a Kuczynski este problema.

Inevitablemente, sin embargo, la movida servía también para golpear al fujimorismo, en el que generó disputas internas y cierto desgaste político. Según Ipsos, el 38% cree hoy que Fuerza Popular rechazó la ley de prisión domiciliaria porque Keiko “no quiere que liberen a su padre”. ¿Fue eso lo que buscaba Kuczynski? Costaría un poco creerlo. Como podemos ver ahora, perdía mucho más de lo que podía ganar. Su imagen política se está viendo afectada y Fuerza Popular alista su contragolpe con la interpelación a dos ministros. Se agrava además la fractura social, como bien podrá verse al considerar qué sectores que apoyaron electoralmente a cada lado.

Este gobierno ha tenido muchas torpezas políticas, pero han provenido más de deslices y falta de confianza propia que de planes premeditados. Creemos que lo ocurrido se explica mejor por una iniciativa dubitativa y apresurada en la que luego se prefirió tirar para atrás -en parte por temor, en parte por el entorno de Kuczynski, en parte porque siempre es más fácil no hacer nada. Nos encontramos ahora en una situación en la que ambas partes quieren acabar con el conflicto, pero ninguna asumir el costo político de hacerlo.

Lo que viene ahora es un tira y afloja para ver quién cede primero. El gobierno, entrando por voluntad propia a navegar en una tormenta, ha perdido la posibilidad de “pasar la página” que había ofrecido el niño costero. Además, ha generado lo que será una nueva etapa de inestabilidad y tensiones políticas. El fujimorismo, condicionado por el prospecto de las próximas elecciones, tenía incentivos para no ser una oposición destructiva. Serlo, sin embargo, puede resultarle un poco más interesante ante el riesgo de ser visto como una agrupación que da la espalda a su líder y ante la reivindicación política que ofrece el indulto.

Para quienes creemos más en los fines preventivos que retributivos de la sanción penal, aprobar la ley de Vieira hubiera sido tal vez la mejor opción para capear el temporal -y de paso reducir el hacinamiento carcelario-. Sin embargo, el fujimorismo tenía sus motivos para ser más ambicioso y arriesgarse. Solo queda esperar que el apasionamiento -de ambos lados- no llegue a los niveles que gatillaron la absurda salida de Saavedra.