Entre gigantes, por Angello Alcázar

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En su penúltima novela, titulada El viaje del elefante, José Saramago (Premio Nobel de Literatura 1998) parte de un hecho real: el periplo de proporciones épicas que emprende Salomón, un elefante asiático que en el siglo XVI viajó de Lisboa a Viena para satisfacer los caprichos de João III, rey de Portugal. En uno de los pasajes más conmovedores, el narrador describe de la siguiente manera al paquidérmico protagonista de su historia: «Grande, enorme, barrigudo, con una voz capaz de asustar a los menos timoratos y una trompa como no la tiene ningún otro animal de la creación, el elefante nunca podría ser producto de una imaginación, por muy fértil y propensa al riesgo que fuese».

En efecto, hoy por hoy son pocas las criaturas que se comparan a los descendientes de los mamuts y los mastodontes. Además de su tamaño, los elefantes destacan por su sabiduría (no en balde tienen el cerebro más grande entre los animales terrestres), su compasión para con los más débiles y los moribundos, y por ser venerados en el hinduismo, religión en la que Ganesha, el dios con cabeza de elefante, está a la altura de las llamadas «deidades supremas». Y, sin embargo, probablemente el lugar que primero nos viene a la mente cuando pensamos en ellos sea el circo.

Al igual que la endiablada cacería de sus colmillos, la relación de los elefantes con el espectáculo circense ha sido —como la de muchos otros animales— trágica. Hace poco descubrí la historia de Mary, una elefanta asiática de cinco toneladas que fue asesinada a principios del siglo pasado. El 11 de setiembre de 1916, el circo «Sparks World Famous Shows» contrató a un vagabundo llamado Red Elridge para que ayudara a entrenar elefantes. Menos de dos días después, Mary acabó con la vida de Elridge, a quien, vaya usted a saber por qué, se le había encomendado dirigir el desfile de los elefantes. A pesar de que hay varias teorías en torno a la muerte del vagabundo, el testimonio de W.H. Coleman, quien estuvo presente en el evento, ha gozado de mayor credibilidad a lo largo del tiempo. Según Coleman, Elridge jaló hacia atrás la oreja de Mary con un gancho cuando ella se había agachado para comer un pedazo de sandía. Acto seguido la elefanta lo golpeó con su trompa, lo lanzó a un bebedero, y pisó su cráneo, ante el horror de los espectadores, que comenzaron a clamar «¡Muerte al elefante!».

Los diarios de la época rápidamente difundieron la idea de que Mary era un monstruo sin paliativos, y Mr. Sparks, el dueño del circo, terminó de convencerse de que la única manera de sobrevivir al escándalo era asesinando a la elefanta en público. Así, un lluvioso y nublado 13 de setiembre, se congregaron 2500 personas (entre ellas cientos de niños) en el condado de Unicoi, en Tennessee, para disfrutar del ahorcamiento de Mary. De hecho, todavía circula en las redes una fotografía donde se puede ver a la pobre elefanta colgada de una grúa industrial, bajo el cielo gris de la tarde sureña. Sin duda, la de Mary fue una historia de folletín, triste y truculenta, de la que se nutrió el folclore norteamericano durante varias generaciones. Pero está muy lejos de haber sido la única.

Trece años antes del asesinato de Mary, una elefanta llamada Topsy fue electrocutada por la compañía de Thomas Edison, tras haber matado a tres hombres, entre los cuales se encontraba un domador alcohólico que la alimentaba con cigarrillos encendidos. A la empresa de Edison no pareció bastarle que hubiera más de 1500 testigos del sacrificio de Topsy, y grabó un cortometraje que se estrenó en las principales cadenas de cine del país. Por otro lado, en los noventa, durante una función en Hawái, Tyke, una elefanta de Mozambique que había sido torturada por más de 12 años, asesinó a su entrenador y se fugó del circo. Las grabaciones la muestran haciendo estragos por las calles de Kakaʻako por cerca de media hora, hasta que ya no puede resistir los disparos de la policía local, y se desploma sobre un auto. Al mismo tiempo, es difícil no evocar la historia de Jumbo, el colosal elefante africano de seis toneladas que se ganó el corazón de las masas en Francia, Inglaterra y Canadá, hasta el maldito día en que fue arrollado por una locomotora en la localidad de St. Thomas, en Ontario. Algunas décadas después, Walt Disney se inspiraría en él para filmar su recordada película animada de 1941: «Dumbo».

Las historias de Mary, Topsy, Tyke y Jumbo tan solo representan un puñado de los miles de casos de abuso a esas criaturas extraordinarias que son los elefantes. La crudeza de estos episodios arroja luces sobre los extremos ridículos a los que puede llegar la crueldad del ser humano. Desde luego, al decir esto no pretendo ganar adeptos para la utópica causa de que las personas y los animales gocen de los mismos derechos. Sin embargo, creo que nos haría bien seguir el ejemplo de Saramago, y recordarnos que vivimos entre gigantes de los que tenemos tanto, pero tanto, que aprender.

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