Entre la espada y la pared, por Angello Alcázar

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Tanto los descalabros que ha producido el ‘Brexit’ como las nefastas decisiones políticas de Donald Trump denotan una flagrante falta de memoria histórica en los dos países más importantes del ya decadente mundo anglosajón

Hace menos de un siglo, a raíz de los estragos que provocaron los nacionalismos europeos durante la Segunda Guerra Mundial, la integración del convulsionado viejo continente se veía como una necesidad imposible de soslayar. Fue así que con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1952 (la misma que luego daría lugar a los tratados de Roma y Maastricht, así como al Acuerdo de Schengen), la Europa de posguerra presenció los albores de uno de los proyectos liberales más ambiciosos de la historia contemporánea: la Unión Europea. Asimismo, sin las admirables contribuciones de Estados Unidos a través del Plan Marshall, el cual se prolongó por cuatro años, la reconstrucción de los países asolados por el conflicto hubiera sido poco menos que una ilusión. En los días tragicómicos que vivimos, aquellos hechos parecen formar parte de una leyenda a la que solo se puede tener acceso recurriendo a las polvorientas páginas de los libros de historia. Páginas cuyo contenido claramente no ha tenido un efecto aleccionador en los populistas británicos y Donald Trump.

Hay quienes—como los periodistas Francisco G. Basterra y Nick Bryant, de El País y la BBC, respectivamente— auguran que se avecina un «nuevo orden mundial» o período histórico en el que la hegemonía que actualmente proyectan las potencias angloparlantes en la escena internacional sufrirá serios reveses, y que la lengua inglesa comenzará a ser desplazada por otras que fijarán los patrones de la vida social, la cultura, la política y la economía. Luego de pasar revista a los encuentros y desencuentros del Reino Unido post ‘Brexit’ y las deplorables afrentas a la democracia liberal que encarna Trump, aquel presagio no parece muy ajeno a la realidad. Pero si hay algo en lo que estamos totalmente de acuerdo es que las trasnochadas mentes detrás de la crisis británica y estadounidense no hablan el mismo idioma que las demás naciones de Occidente porque les han dado la espalda a todas las conquistas que con tanto esfuerzo y sacrificio lograron sus predecesores.

Desde que se anunció la victoria de los simpatizantes del ‘Brexit’ en el referéndum de mediados del 2016, una aguda crisis se ha apoderado de la tierra de Shakespeare y Churchill, sumergiéndola en un mar de incertidumbres. Por un lado, la inestabilidad política se ha propagado por todo el territorio británico de manera endémica y ha puesto de relieve la falta de consensos entre las principales fuerzas políticas. De hecho, luego de las precipitadas elecciones generales que convocó, la capacidad de negociación de la primera ministra y líder ‘tory’ Theresa May ha sido fuertemente minada, junto con la credibilidad de su partido, mientras que el laborismo ha alcanzado un histórico 40% gracias al voto joven. Además, la devaluación de la libra esterlina (la más crítica en 31 años) y el creciente desempleo constituyen solo el primer atisbo de una economía menguante de la cual los electores se van haciendo cada vez más conscientes. El uso formal del Artículo 50 ha dado inicio a la separación del gran bloque político y económico que es la Unión Europea sin una hoja de ruta clara, un Parlamento sin mayoría y una preocupante inseguridad nacional como consecuencia de los atentados terroristas en Manchester y Londres (sin tomar en cuenta el incendio de la torre Grenfell que cobró al menos 79 vidas). Así pues, aunque finalmente haya caído el populista y euroescéptico ‘UKIP’—el mismo que patrocinó la salida de la UE hasta más no poder—, el futuro del Reino Unido parece infundir más zozobra que esperanza.

¿Y qué sucede al otro lado del Atlántico? Pues los angloamericanos tienen un mandatario que ha deteriorado—prácticamente sepultado—el liderazgo de Estados Unidos a nivel global por medidas que han sido rechazadas categóricamente por sus homólogos y la comunidad internacional ya que, a diferencia del Número 10 de Downing Street, la Casa Blanca tiene como residente a un baladrón de primer orden.

Acorde con sus peroratas electorales, Trump se negó a reconocer públicamente el compromiso de su nación con el artículo 5 de la OTAN—el que se refiere a la defensa conjunta ante el hipotético ataque a un país miembro—durante su primer viaje al extranjero. Una vez concluida la cumbre del G7 en Sicilia, tomó desde Washington la catastrófica decisión geopolítica de retirar a EE UU del Acuerdo de París. Tampoco lo dudó dos veces antes de despotricar contra el alcalde de Londres Sadiq Khan en Twitter, tildándolo de negligente por su serenidad ante los ataques terroristas. La semana pasada aseveró que con el uso de paneles solares en el muro fronterizo de 3,180 kilómetros entre su país y México se podría aliviar los gastos que asumiría este último, a pesar de que el presidente Peña Nieto ha sido tajante en su negación a participar en aquel descabellado proyecto. A todo ello faltaría agregarle la crisis presidencial que atraviesa el poder ejecutivo producto del llamado ‘Rusiagate’ que comenzó con los ciberataques del Gobierno ruso en diciembre del 2016 y que ha suscitado toda una serie de indagaciones que se complicaron aún más con el despido del director del FBI James Comey, así como con la entrega de información clasificada al canciller Sergei Lavrov el pasado 10 de mayo.

Lo que resulta al mismo tiempo paradójico y reconfortante en medio de esta crisis es que la Unión Europea se encuentra más unida que nunca. La victoria de Emmanuel Macron ha tendido inesperados puentes entre Francia y Alemania, tanto Bruselas como Pekín comparten los intereses medioambientalistas del Acuerdo de París, y la canciller alemana Angela Merkel—según Forbes la mujer más poderosa del planeta—se va perfilando como la nueva líder del mundo libre. Es evidente que el oportunismo político de David Cameron le costará más a los ingleses que a los europeos.

En este siglo la demagogia y la ignominia continúan explotando nuevas fórmulas en el populismo, los nacionalismos y la xenofobia. Y hasta que los dos gigantes del mundo angloparlante reconsideren sus trayectorias y reclamen para sus pueblos la memoria histórica que tanto les hace falta, seguirán como el forajido Robin Hood, entre la espada y la pared.

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