Epiqueya a la vista, alegría para todos, por Federico Prieto Celi

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El profesor Luciano López Flores ha señalado en un artículo de opinión en un diario local, el primero de mayo, las medidas que ha tomado el Consejo Ejecutivo del Poder Judicial para administrar la justicia después de la cuarentena, desplegando un cuadro complejo de medidas, para agilizar la vuelta a la normalidad. En realidad, la normalidad del poder judicial no es deseable en sí misma; deseable es que en el futuro la administración de justicia sea más rápida y eficiente de lo que ha sido, pero con buena voluntad se puede adivinar que en el fondo late un deseo positivo de epiqueya.

En efecto, la pandemia del coronavirus ha facilitado que la humanidad subraye los matices que hay entre la justicia y el derecho, el orden natural y la codificación de las leyes, inclinándose por la epiqueya como acción hermenéutica que le permite al hombre liberarse de la letra de la ley, en favor del espíritu de la virtud de la justicia, entendida como aplicación de la sindéresis que nos dicta la conciencia.

Al romperse el ordenamiento jurídico y legal positivo a causa del peligro de muerte por coronavirus que motiva las medidas preventivas y curativas de la pandemia, las autoridades han anchado su espacio de trabajo, ya sea para arbitrar medidas que rozan con la dictadura férrea, ya sea para optar por la discrecionalidad humanista que comprende el sentido profundo de la vida.

En el caso de la toma de medidas autoritarias, la población desea que acaben cuanto antes, por mucho que comprenda la razón por las que han sido tomadas, y malgrado toleradas por la población. En el caso de las medidas inclinadas por solidaridad natural, tenemos medidas más morales que legales, para eximir la observancia literal de leyes positivas, que no es razonable aplicar ante el dolor de los enfermos y las muertes prematuras, inclinándose así la autoridad a ser fiel al espíritu auténtico del legislador. Al cerrar el primer cuatrimestre del 2020 habían fallecido 233 mil personas en el mundo y 1,045 en el Perú.

Platón entendió bien el sentido de la epiqueya, como el derecho a anteponer el ejercicio de la prudencia antes que el ejercicio de la justicia, en las relaciones humanas, en su libro Político. Sin embargo, temeroso de que se abusara de la arbitrariedad en el uso de la epiqueya, recomendó procurar normalmente el acatamiento fiel a las leyes, aún cuando se trate de situaciones límite no contempladas en ella, en su libro Las Leyes.

Aristóteles pensaba que las leyes no pueden abarcar todas las situaciones posibles, pese a que van dirigidas a todos y que, por tanto, se hace necesario recurrir a la prudencia para decidir qué hacer en algunos casos límites e incluso contrariar la ley. Actuar así no es una debilidad sino más bien una corrección de la ley misma. Si la ley es justa, afirma, la buena aplicación de la epiqueya es todavía más justa.

Si estábamos atrapados por el odio político y ahora lo estamos por el miedo instintivo, ojalá que pasada esta situación de emergencia, sepamos vivir en el Perú sin odio político y sin miedo a la enfermedad, es decir, con solidaridad y magnanimidad, con epiqueya. La alegría es muchas veces consecuencia de la epiqueya, como la tristeza lo es del empecinamiento por aplicar irracionalmente la letra de la ley, caiga quien caiga. Apostemos por la alegría.

 

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