Esas moticos, por Eduardo Herrera

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Para quienes habitan en esta ciudad cada vez más agresiva – sobre todo por esta época de brutal comercio – les advierto de un nuevo protagonista en la fauna salvaje a la que llamamos tránsito. Fauna de la cual, dicho sea de paso, me siento parte (y no lo digo con afán superior, valga la aclaración).

Por si no se han dado cuenta, de un tiempo a esta parte, las motos o cariñosamente conocidas como «moticos», se han apropiado de las calzadas para convertirlas en un recurso o atajo ante la imposibilidad de poder avanzar. No solamente son las motos, también lo hacen – impunemente y desde hace demasiado tiempo – otros vehículos de dos ruedas como las bicicletas por ejemplo.

Cuando se trató la vinculación del uso de las moticos para cometer asaltos al paso, algunos de los grandes estrategas de la seguridad plantearon soluciones como prohibir que vayan dos personas (o más) en una sola moto o que los que van en las motoso usen chalecos de identificación; normas, normas absurdas algunas, pero normas al fin. Ojo la moto – al igual que las bicicletas no son malas – lo que se hace mal, a veces, es el uso equivocado.

Para quienes suelen leerme (que no creo que sean muchos) saben  que, pese a la contradicción de mi profesión, no creo en las normas como solución; en países como el nuestro tiene un efecto adverso y más bien son parte del problema. Consideran las autoridades que creando una norma el problema está camino a la solución y se confían creyendo que eso – el cumplimiento de la ley – actuará de manera automática. En fin, no se trata de prohibir – por último – las moticos.

Este asunto tiene raíces más profundas y está vinculado con una filosofía de vida. Se trata de que se ha creado un orden paralelo y algunas cosas parecen no funcionar como debería de ser (no al menos  desde la visión de un orden natural que planteo). Así, tenemos motos que se suben a la calzadas, políticos que roban (pero hacen obra), programas de televisión basura; la lista podría ser interminable y describe trágicamente  algo tan doloroso como arrancarse un vello: La cara de nuestra realidad. Hay dos caminos descritos en estas líneas : ¿cuál escoges?